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Antecedentes
El Partido de la Liberación Dominicana,
(PLD), surgió en
el 1973 como una negación de las
prácticas clientelares, populistas
e individualistas del PRD. Su propósito
declarado fue construir una organización
que tuviera como objetivo completar la obra
de nuestro héroe nacional, Juan Pablo
Duarte: lograr una patria libre, soberana
e independiente, en la cual impere la Justicia
social y el respeto a la dignidad humana.
Para cumplir ese objetivo se entendió
que era necesaria la creación de
una sólida organización, de
líderes, con métodos de trabajo
diferentes que aseguraran una sólida
disciplina, una mística arraigada
y una vocación de trabajo por el
pueblo dominicano, basados en el trabajo
colectivo, la unificación de criterios
y los principios del centralismo democrático.
Para entender las características
organizativas del partido en el momento
de su fundación es necesario no perder
de vista que el surgimiento de una determinada
configuración partidaria es producto
de causas sociales o políticas específicas.
De ahí que la estructura y organización
que se dio, en sus inicios, el Partido de
la Liberación Dominicana, (PLD),
sea una consecuencia de la coyuntura existente
tanto en el plano nacional como en el internacional
en 1973.
El Partido de la Liberación Dominicana
surgió pocos meses después
del fracaso del movimiento guerrillero encabezado
por Francisco Caamaño Deñó.
Este fracaso puso fin, en cierta medida,
a un período de la historia de nuestro
país que se había iniciado
con la revuelta del 24 de abril de 1965,
acontecimiento surgido como consecuencia
del derrocamiento del gobierno presidido
por el profesor Juan Bosch en septiembre
de 1963 y que buscaba el retorno de éste
al poder. Cuatro días después
de haberse iniciado la revuelta del 24 de
abril, argumentando que se buscaba impedir
el surgimiento de una nueva Cuba, el gobierno
de los Estados Unidos ordenó la intervención
militar del país por tropas norteamericanas,
impidiendo la concretización de las
demandas del movimiento constitucionalista
y creando las condiciones para el retorno
al poder del Dr. Balaguer, quien gobernó
la República Dominicana desde 1966
a 1978. Todos esos acontecimientos produjeron
cambios profundos en el pensamiento político
de Juan Bosch, que se expresaron a través
de una serie de libros y artículos
publicados a partir de 1968. Entre los libros
presentados por el compañero Bosch
en ese período se encuentran Dictadura
con Respaldo Popular, El Pentagonismo Sustituto
del Imperialismo, Composición Social
Dominicana, De Cristóbal Colón
a Fidel Castro: El Caribe Frontera Imperial.
Este contexto nos permite entender porqué
la nueva organización política
nace comprometida con el ideal de la liberación
nacional.
El 3 de diciembre de 1973, días
antes de que se fundara el PLD, el compañero
Juan Bosch, en ocasión de una entrevista
para la Revista Ahora, respondiéndole
a Emma Tavárez Justo una pregunta
sobre cuáles características
ideológicas programáticas
tendría el nuevo partido, que lo
diferenciaran del PRD, señaló
lo siguiente:
"Un partido no es lo que sean sus
masas sino lo que sean sus dirigentes, y
digo esto en sentido ideológico.
Los dirigentes del PRD, exceptuando desde
luego los que han pasado al PLD y alguno
que otro confundido que se haya quedado
en el PRD, dejaron hace tiempo de pensar
en la liberación nacional y se dedicaron
a pensar en las posiciones públicas
que pueden conquistar dentro de las estructuras
del gobierno (el de Balaguer o uno futuro
de unidad) o dentro de las estructuras del
partido; pues no hay que olvidar que un
alto cargo en un partido importante puede
tener tanta categoría y rendir tantas
satisfacciones como un puesto de secretario
de Estado o embajador o diputado".
Bosch agregó:
"El PLD tendrá o deberá
tener las características ideológicas
y programáticas de un partido de
liberación nacional. Eso quiere decir
que el PLD será lo que debió
ser y no pudo ser el PRD".
Para entender esta última afirmación
es bueno recordar que uno de los elementos
esenciales de la disputa interna que se
generó en el interior del Partido
Revolucionario Dominicano, PRD, a principio
de los años setenta, tuvo su origen
en el tipo de estructura organizativa que
debía dársele a ese partido.
No puede olvidarse que los Círculos
de Estudios empezaron en el PRD con el propósito
de desarrollar la formación política
de los perredeístas y crear una nueva
cultura basada en el trabajo colectivo.
El PLD surge como una fuerza cuestionadora
del orden social existente, que buscaba
transformar esa situación con una
visión que, para la época,
era considerada progresista. La estructura
organizativa que se eligió para el
Partido atestigua la intención de
su fundador. El PLD fue concebido como una
estructura de cuadros, al estilo leninista,
que, tal y como se expresó al inicio
de este documento, funcionaba basado en
el centralismo democrático. Se pretendía
crear líderes para dirigir las masas
y conducirlas al poder. En la línea
de crear líderes se desarrolló
un programa de educación política,
obligatorio para todos los aspirantes a
miembros y para los miembros del PLD, con
materiales preparados por Juan Bosch utilizando
el método de análisis marxista,
con el que se buscaba formar a los peledeístas
en una línea de pensamiento muy próxima
al marxismo.
La importancia que se le confirió
al conocimiento del marxismo fue de tal
envergadura que, durante los años
ochenta, el Comité Central del PLD
fue estructurado en varios grupos de estudios
de la teoría marxista.
El PLD surgió también en
un momento de serios cuestionamientos a
la democracia representativa. En la generalidad
de las naciones latinoamericanas el poder
era ejercido por regímenes de fuerza.
La década de los setenta fue, en
América Latina, una década
caracterizada por el autoritarismo y el
irrespeto a los derechos humanos. Años
antes, la idea de una alternativa a la democracia
representativa había sido planteada
por Bosch cuando dio a conocer su propuesta
de Dictadura con Respaldo Popular. Para
Bosch, la democracia representativa solo
era factible en los países de capitalismo
desarrollado. En sociedades como la dominicana,
que no habían logrado desarrollar
el capitalismo, pretender imponer la democracia
representativa, de acuerdo con Bosch, era
una ilusión.
El cuestionamiento a la democracia representativa
se acompañaba del invalidamiento
de las elecciones como vía para acceder
al poder. Bosch llegó a catalogar
los procesos electorales de 1970, 1974 y
1978 como mataderos debido al hecho de que
a partir de 1966, con la llegada al poder
del Dr. Balaguer, se había montado
una maquinaria de fraudes electorales, con
la participación de los sectores
más conservadores de la sociedad
dominicana y con apoyo militar y el beneplácito
de sectores conservadores de los Estados
Unidos. Esta situación se mantuvo
hasta 1978 con el advenimiento del Partido
Revolucionario Dominicano, momento que marca
el inicio del desmantelamiento, con el apoyo
de sectores liberales norteamericanos, de
la maquinaria de fraude que había
mantenido en el poder al Dr. Balaguer durante
12 años.
Justo es consignar que en 1978 el PLD no
reconoció la importancia que significaba
la derrota de esa maquinaria de fraude y
atraso que representaba el conservadurismo
de las fuerzas que sustentaban el poder
del Dr. Balaguer. Argumentando la necesidad
de evitar la intromisión extranjera
en los asuntos internos del país,
la posición del partido no se correspondió
con las sentidas aspiraciones de la mayoría
del país que quería salir
del Dr. Balaguer y que reclamó el
respeto a la voluntad popular antes los
intentos de desconocer los resultados electores
por parte de grupos de civiles y militares.
Los dos gobiernos del Partido Revolucionario
Dominicano, del período 1978-1986,
si bien representaron un gran fracaso desde
el punto de vista económico y social,
propiciaron la creación de un clima
de respeto a los derechos humanos y a las
libertades políticas con lo cual
se cerró un capítulo de la
historia nacional caracterizado por la intolerancia,
el irrespeto a los derechos humanos y los
abusos de poder. A partir de entonces, la
República Dominicana entró
en una etapa en la cual dejaron de existir
los presos y exiliados por razones políticas.
Es en ese contexto que la actitud del PLD
en torno a los procesos electorales comenzó
a cambiar a partir de 1982. Ese año,
el PLD participó en las elecciones
y logró alrededor del 10% de la votación.
Se tuvo el cuidado de asegurar que los candidatos
presentados en esas elecciones fueran miembros,
condición considerada como una categoría
para poder optar a cargos electivos.
Las ideas que primaban en los fundadores
del PLD eran que éste era la vanguardia
organizada del pueblo dominicano y como
tal debía capturar el poder para
desde ahí cambiarlo todo. Hoy resulta
evidente que las cosas no pueden verse de
esa manera
En los primeros años de existencia
del PLD el trabajo político fue orientado
fundamentalmente a lo interno de la organización,
con miras a crear los cimientos de un partido
de cuadros, bien formados, disciplinados
y fuertemente influenciados del pensamiento
del compañero Juan Bosch. Fue lo
que se denominó la etapa de construcción
del partido.
Una vez creado el instrumento, un partido
nuevo, con características muy diferenciadas
de los demás partidos políticos,
al empezar la década de los ochenta
el compañero Juan Bosch anunció
la etapa de relacionamiento del partido
con el pueblo, a la vez que destacó
que la etapa de construcción del
partido había concluido. Esta nueva
etapa, incomprendida por la mayoría
de los integrantes de la organización,
suponía un vuelco del partido hacia
las actividades externas, tendente a crear
vinculaciones con las organizaciones y entidades
civiles representativas en las zonas rurales
y urbanas. Esa nueva dinámica debía
de suponer la captación de un gran
número de dominicanos que se integraran
a los círculos de estudios en calidad
de aspirantes a miembros e incorporarse
a la vida interna de la organización,
así como también una mayor
incidencia y autoridad de los peledeístas
en las comunidades.
Si bien el compañero Bosch tuvo
una acertada visión en esos primeros
años de los ochenta, ponderando la
necesidad de orientar el trabajo político
con el pueblo y no solo hacia dentro, el
Partido siguió operando con el criterio
de partido de élites, desconectado
de la sociedad.
Trasformaciones Globales
El período comprendido entre el
año 1973 y el momento actual se ha
desarrollado en un marco de grandes transformaciones
globales, tanto en terreno político,
económico y social. De igual manera,
son múltiples los cambios producidos
al interior de la sociedad dominicana.
El Partido de la Liberación Dominicana
surge en un momento en el que la humanidad
comenzaba a recibir los impactos de una
profunda revolución científica
y tecnológica. Es el momento en el
cual la economía mundial entró
en una nueva fase caracterizada por sacudidas
muy fuertes. Estas sacudidas se expresaron
por medio de las crisis de 1980-1982 (crisis
de la deuda externa), 1990-1991 (crisis
del sistema monetario europeo), 1994-1995
(crisis de México) y 1997-1998 (crisis
asiática). Las mismas trajeron consigo
una serie de situaciones que explican el
por qué de las políticas públicas
que se pusieron en práctica a partir
de los años ochenta. El proceso que
se abrió al inicio de la década
de los setenta obligó en cierta medida
a desmantelar los sectores públicos
empresariales creados tras la Segunda Guerra
Mundial, en algunos casos motivado por razones
ideológicas pero mayormente debido
a necesidades financieras del Estado para
cubrir los enormes déficit públicos
y la deuda.
En el período comprendido entre
los años 1973 y 1992 se produce el
colapso del socialismo soviético,
abriendo paso a una transición inédita
del socialismo al capitalismo en el antiguo
bloque soviético y se puede decir
que lo mismo ha venido ocurriendo en China
con otras peculiaridades. El colapso del
régimen soviético no fue casual.
La antigua Unión Soviética
y los países de Europa Oriental eran
comparables a Occidente en cuanto a niveles
de crecimiento hasta los inicios de los
años setenta. Tal y como lo expresa
Anthony Giddens, después de ese momento
se quedaron atrás rápidamente.
"El comunismo soviético, con
su énfasis en la empresa estatal
y la industria pesada, no podía competir
en la economía electrónica
mundial. El control ideológico y
cultural en el que se basaba la autoridad
comunista no podía sobrevivir en
una era de medios de comunicación
globales". La televisión jugó
un papel directo en los acontecimientos
de 1989 que produjeron la caída del
muro de Berlín.
Por otro lado, con el período histórico
que se abre al iniciarse la década
de los setenta, surge una nueva categoría
de países, calificados como emergentes,
que logran diferenciarse de los países
pobres en la medida en que se aprovechan
del proceso de transformaciones que se produjo
en esos años. Es el caso de los países
del sudeste asiático.
Finalmente, a partir de los años
setenta el sistema ha tendido a la concentración
del capital, proceso que se viene produciendo
mediante una oleada de fusiones y adquisiciones
que buscan conseguir el tamaño óptimo
para competir, reducir costes laborales
y ampliar cuota de mercado.
Todo lo anterior se ha producido en un
contexto en que lo financiero ha pasado
al primer plano y se ha convertido en lo
hegemónico, pasando lo productivo
o lo industrial a ser subsidiario de lo
financiero. Con todo y las crisis, los últimos
años han sido testigos de una interdependencia
económica cada vez más creciente
"del conjunto de países del
mundo, provocada por el aumento del volumen
y la variedad de las transacciones transfronterizas
de bienes y servicios, así como de
los flujos internacionales de capitales,
al mismo tiempo que la difusión acelerada
y generalizada de la tecnología".
Esa interdependencia es lo que explica la
dificultad de reducir el impacto de una
crisis al plano local.
El PLD se ha desarrollado como fuerza política
en el marco de la economía global.
El reputado académico español,
Manuel Castells, establece que "una
economía global es una realidad nueva
para la historia, distinta de una economía
mundial. Una economía mundial en
la que la acumulación de capital
ocurre en todo el mundo, ha existido en
Occidente al menos desde el siglo XVI, como
nos enseñaron Ferdinand Braudel o
Inmanuel Wallertein. Una economía
global es algo diferente. Es una economía
con capacidad de funcionar como una unidad
en tiempo real a escala planetaria. Aunque
el modo capitalista de producción
se caracteriza por su expansión incesante,
tratando siempre de superar los límites
del tiempo y espacio, solo a finales del
siglo XX la economía mundial fue
capaz de hacerse global en virtud de la
nueva infraestructura proporcionada por
las tecnologías de la información
y las comunicaciones. Esta globalidad incumbe
a todos los procesos y elementos del sistema
económico".
Resulta por lo tanto evidente que la globalización
no es el resultado de un proyecto ideológico
sino el producto de las enormes transformaciones
que se han producido en el sistema capitalista
a finales de siglo XX las cuales pueden
ser ideológicamente aprovechada por
unos y por otros.
En el caso de la República Dominicana,
en los últimos treinta años
se han producido cambios importantes en
la estructura productiva y social. El país
ha pasado de una economía agro exportadora
a una economía de servicios. Las
telecomunicaciones, el turismo, las zonas
francas, la construcción y ciertos
servicios vinculados con los anteriores,
se han convertido en los motores fundamentales
del desarrollo del capitalismo en la medida
en que han consolidado un segmento moderno,
innovador, dinámico y competitivo.
Existe aun, sin embargo, un grupo amplio
de empresas en donde se mantienen niveles
de competitividad reducidos, que tienen
un acceso limitado al crédito y atraso
tecnológico, lo que ha dado como
resultado una estructura productiva heterogénea.
La población pasó a ser mayoritariamente
urbana pero los avances logrados por el
país no superaron la pobreza y la
exclusión, manteniéndose estas
dos situaciones como los grandes retos del
siglo XXI.
En el marco de los profundos cambios políticos,
económicos y sociales que se produjeron,
tanto en el plano nacional como en el internacional,
el PLD asumió los procesos electorales
como vía de acción política
durante la década de los ochenta
y llegó a convertirse en opción
de poder en 1990, sin que, al interior de
la organización, mediara un debate
a fondo de los cambios que se venían
operando en el mundo. Los acontecimientos
nos arrastraban y por lo tanto no se pudieron
producir las correcciones ideológicas
y orgánicas que las nuevas situaciones
creadas imponían. Incluso los congresos
que el partido celebraba cada cuatro años
se reducían en lo esencial a la elección
del Comité Central y a producir modificaciones
de forma a los estatutos.
En 1990, el compañero Bosch hizo
un esfuerzo solitario en la dirección
de colocar el Partido en la línea
de, no solo interpretar lo que había
ocurrido en el mundo y las implicaciones
que tenía para los partidos de izquierda
el desplome del bloque soviético,
sino que levantó como bandera la
necesidad de desarrollar el capitalismo
en nuestro país y en correspondencia
con esa posición propuso salir de
las empresas públicas, planteando
de manera clara su venta, por considerarla
una carga para la sociedad. Comenzaba su
alejamiento de anteriores posiciones estatistas
y demostraba de esta manera que son las
realidades las que imponen las posiciones
políticas y que por lo tanto todo
dirigente político con vocación
de poder debe actuar con flexibilidad y
debe estar preparado para cambiar cuando
las circunstancias así lo impongan.
El 1990 debió ser el momento para
afrontar el debate sobre el significado
de la liberación nacional en el marco
de la nueva situación, así
como qué significaba ser de izquierda
en un momento en que se debatía en
el ámbito internacional si tenía
sentido hablar de izquierda y derecha. Sin
embargo, el congreso celebrado en 1990 no
produjo los cambios esperados.
La mayoría de la dirección
del PLD no entendió el viraje que
se produjo en las posiciones de Bosch durante
el proceso electoral de 1990 y el hecho
de que este había entrado en una
fase de deterioro en sus condiciones de
salud impidió hasta 1996 que estas
ideas se volvieran a plantear aunque ya
en una vertiente diferente. En 1994, luego
de la penosa derrota electoral de ese año,
Bosch anunció su retiro de la actividad
política, dejando en el Comité
Político la responsabilidad de conducir
el partido sin su presencia. La crisis post
electoral de ese año fue la primera
prueba de fuego para el Comité Político
que terminó jugando un papel de primerísima
importancia en la superación de la
crisis, hecho que nos sirvió de plataforma
para relanzar el partido a la conquista
del poder en 1996.
En los años comprendidos entre 1994
y 1996, la discusión sobre la orientación
que había que darle al Partido se
redujo a unos cuantos dirigentes. Por esa
razón, ya en el gobierno no hubo
forma de presentar una imagen de coherencia
en aspectos medulares del ejercicio gubernamental.
La primera señal de rechazo enviada
por los diferentes sectores de la vida nacional
en cuanto a la naturaleza excluyente del
PLD se produjo en 1994. Ese año,
de ser la principal fuerza política
del país nos convertimos de nuevo
en la tercera fuerza. Si bien es cierto
que se puede argumentar que esto se debió
el hecho de que ya el país entendía
que Bosch había agotado su ciclo
político, no menos cierto es que
las elecciones de ese año no fueron
solo elecciones presidenciales sino también
congresionales y municipales.
Al Partido de la Liberación Dominicana
se le reconocía una buena labor congresional
y municipal y sin embargo de 12 senadores
que había logrado en 1990 pasó
a 1 senador en 1994 y de 44 diputados pasó
a 13 diputados. Controlábamos los
principales municipios del país,
los cuales fueron manejados con honestidad
y espíritu de servicio; sin embargo,
los resultados de 1994 aniquilaron prácticamente
el poder municipal que el partido había
logrado en 1990. ¿Por qué?
En aquel momento todo se le atribuyó
al deterioro del candidato presidencial,
que se hizo muy evidente a lo largo de todo
el proceso electoral del año 1994
y a la errática política de
oposición seguida a partir de 1990.
Pero lo verdaderamente importante fue el
aislamiento y la desvinculación del
partido de la sociedad. Fue primeramente
en el poder municipal donde se puso de manifiesto
la dificultad del PLD de vincularse con
los diferentes sectores sociales.
¿Cuales son las exigencias del momento?
Es evidente que el modelo de partido cerrado,
el partido de cuadros no responde a las
exigencias del momento. El partido no es
un fin en sí mismo; el trabajo partidario
debe ser básicamente con los ciudadanos,
no al interior de la organización.
No puede olvidarse que un partido político
es una instancia de mediación entre
el poder político y los ciudadanos;
sus finalidades y sus prácticas deben
obedecer a las necesidades y expectativas
de la población. Desde luego un partido
político debe educar, orientar y
trazar pautas acordes con sus principios
y valores.
Como todo ente vivo, dinámico, un
partido político no puede pretender
aferrarse a concepciones y prácticas
determinadas, so pena de anquilosarse y
desfasarse de la realidad. Sería
ignorar las leyes del cambio, de la dialéctica.
El único valor que no debe ser cuestionado
es que el PLD sea un instrumento de redención
de los desposeídos, y de los sectores
más vulnerables, una instancia que
vela por el progreso y el bienestar de los
dominicanos.
Las últimas dos décadas,
tal y como hemos señalado, son testigos
de acontecimientos que han cambiado radicalmente
las sociedades modernas. Desaparecidos el
campo socialista y la guerra fría,
la evidenciación del fenómeno
de la globalización, el descrédito
de una gran parte de las formaciones políticas,
la emergencia de un fuerte movimiento de
la sociedad civil que reclama una mayor
participación en las decisiones públicas,
así como la universalización
de las formas democráticas no dejan
dudas que el mundo ha cambiado notoriamente.
Esos cambios tocan profundamente las formas
de vida y de expresión de los ciudadanos.
El Estado y la sociedad moderna se organizan
en función de esos cambios.
Recientemente, el partido ha generado un
proceso interno, ampliamente participativo,
que llevó a la reflexión profunda
de su naturaleza, de su organización
y de sus metodologías de trabajo.
Ese proceso de reflexión se efectuó
sin prejuicios, sin esquemas rígidos
predeterminados, solo con el interés
de fortalecer una organización que
tiene un potencial inestimable para erigirse
en la principal fuerza política del
país.
El pensamiento y la obra de Juan Bosch
no debe desconocerse, ni tampoco tratar
de oficializarla como credo. Sus aportes
valiosos, que si bien en una época
fueron de extraordinaria importancia, deben
ser evaluados con objetividad para efectuar
los cambios y adecuaciones que sean pertinentes.
La década de los noventa marca una
línea divisoria en el desarrollo
del PLD. Su participación en 5 procesos
eleccionarios - 4 nacionales y 1 en el ámbito
local - y, por otra parte, el retiro de
Don Juan de la dirección efectiva
del partido provocaron un estado de desatención
y de desorientación del partido,
preocupantes. El partido seguía actuando
por la fuerza de la inercia y gracias a
la mística en la cual se formaron
los peledeístas. Se efectuaron esfuerzos
por desarrollar tácticas y acciones
tendentes a obtener resultados electorales,
pero ninguna atención al partido.
Por momentos se perdió la visión
de que el PLD está comprometido con
valores y principios que deben estar por
encima de las conveniencias coyunturales
o de personas o grupos. La táctica
y las urgencias coyunturales dominaron la
estrategia.
El esfuerzo por obtener su mejor desempeño
electoral creó distorsiones que han
sido ampliamente examinadas por toda la
militancia del partido. Contrario a su objetivo
y a sus raíces, en los últimos
años asumimos posiciones políticas
propias de los partidos tradicionales. En
muchos aspectos, el PLD no presentaba una
diferenciación clara con relación
al PRD y al PRSC; sus métodos y acciones
políticas no parecían distanciarse
de los que usan los partidos que tradicionalmente
combatimos. El PLD no se percibía
en los últimos años como lo
que fue en su origen: un partido integrado
por ciudadanos investidos de condiciones
morales y de una clara vocación de
servicio al país.
Las prácticas paternalistas y clientelares,
conductas inapropiadas, así como
la pérdida del discurso ético,
no sólo son inaceptables, sino que
no son rentables políticamente. Solo
basta revisar los resultados obtenidos en
las pasadas elecciones.
Los resultados adversos en las elecciones
del 1998 y del 2000 tienen dos causas fundamentales:
1) la falta de una percepción de
los peledeístas de sus fortalezas
y debilidades, lo cual les condujo a persistir
con un modelo de partido excluyente, alejado
de las aspiraciones y sentimientos de los
ciudadanos, y 2) las incoherencias, doble
discurso, incompetencias y conductas extrañas
de muchos peledeístas desde las posiciones
públicas que desempeñan, socavando
seriamente la imagen bien ganada antes del
1996.
El PLD ganó las elecciones de 1996
sin haber clarificado y unificado el proyecto
de nación que propuso en su programa
de gobierno. Faltó la discusión
profunda en las instancias partidarias y
con las organizaciones representativas de
la sociedad. La falta de programas de capacitación
de los dirigentes altos y medios del PLD
en las prácticas gerenciales y en
aspectos básicos de funcionamiento
del Estado explica el pobre desempeño
de una gran parte de los funcionarios. La
parálisis de los mecanismos institucionales
del PLD desde principios de la década
del 90 explica además la ausencia
de políticas, acciones y de mecanismos
de seguimiento y evaluación tendentes
a orientar y supervisar las acciones de
los funcionarios del partido en los municipios,
en el congreso y en las distintas posiciones
del Poder Ejecutivo.
La falta de renovación y adecuación
a las nuevas realidades del PLD es lo que
imposibilita la implementación de
estrategias claras y eficaces en los procesos
electorales, persistiendo en esquemas de
conducción arcaicos. No se disponía
de información especializada, tampoco
de instancias de análisis, programación
y gestión estructuradas; se trabaja
con una alta dosis de espontaneidad y subjetividad.
Los cuatro años de gobierno peledeísta
La primera experiencia gubernamental del
Partido de la Liberación Dominicana,
correspondiente al período 1996-2000,
estuvo matizada por grandes logros que han
beneficiado a la sociedad dominicana.
A pesar de los obstáculos y las
limitantes que condicionaron el ejercicio
gubernamental del PLD, entre los cuales
caben mencionarse la herencia de una cultura
paternalista, centralista y excluyente,
la existencia de un Congreso controlado
por la oposición, la falta de entrenamiento
en las técnicas gerenciales de la
mayoría de los dirigentes del PLD
y la naturaleza tradicionalmente cerrada
y excluyente de los peledeístas,
los aspectos positivos de la gestión
gubernamental que presidió el compañero
Leonel Fernández primaron sobre los
negativos.
Los logros más significativos del
gobierno peledeísta que encabezó
el compañero. Leonel Fernández
se pueden resumir de la siguiente manera:
Fortalecimiento de la estabilidad y la
institucionalidad del sistema democrático,
lo cual se expresó a través
de la solidez y la independencia de los
distintos poderes del Estado y de una mayor
participación de los distintos sectores
de la sociedad en el proceso de toma de
decisiones importantes.
Crecimiento sostenido de la economía
en niveles sin precedentes en la historia
del país. Este crecimiento se da
en un contexto de estabilidad económica,
ya que las principales variables macroeconómicas
se mantuvieron bajo control.
Transformación física del
país que se expresó en cambios
significativos en la configuración
urbana y en la dotación de redes
viales modernas de las dos principales ciudades
del país, Santo Domingo y Santiago,
y en la construcción en el interior
de país de escuelas, centros de salud,
viviendas, entre otros.
Cambios importantes en la gestión
de los servicios que el Estado presta a
los ciudadanos, como son la simplificación
de los trámites para el pago de impuestos,
para la obtención del pasaporte,
para la obtención de la licencia
de conducir y de la placa de los vehículos
de motor.
Incorporación de capital privado
a las empresas públicas, las cuales
han dejado de ser ya una fuente de sangría
de las finanzas públicas y espacio
para el clientelismo y la corrupción
política.
Reducción significativa de la corrupción
administrativa. En este período desapareció
la corrupción como un sistema organizado.
Inserción de la República
Dominicana en la vida internacional mediante
su participación activa en los diferentes
foros internacionales.
Incorporación de tecnología
informática en todas las esferas
del Poder Ejecutivo y en el sistema educativo
nacional.
Establecimiento de un nuevo paradigma productivo
que busca aprovechar los beneficios de la
revolución tecnológica en
la República Dominicana.
• Mejoramiento de los indicadores
socioeconómicos, entre los que podemos
mencionar la reducción de la tasa
de desempleo, la reducción de la
tasa de mortalidad infantil, el incremento
de la esperanza de vida al nacer, la reducción
de la tasa de analfabetismo. Se incrementaron
en más de un cien por cien los salarios
de los servidores públicos.
Incremento del gasto social, que pasó
de representar el 5.6% del Producto Interno
Bruto al 8%.
La idea fuerza que inspiró y guió
la acción gubernamental de la administración
peledeísta encabezada por el compañero
Leonel Fernández fue la de modernizar
el país para encaminarlo por la ruta
del progreso y el desarrollo político,
económico y social. Ese gobierno
ha dejado una agenda de cambios que expresan
una visión progresista de Nación.
Esa visión está inspirada
en el modelo de economía social de
mercado que parte del criterio de que el
mercado en combinación con la propiedad
privada de los medios de producción
constituye tanto la modalidad más
eficiente de coordinación económica,
como también una condición
necesaria para garantizar la máxima
libertad política. El programa de
gobierno presentado a los electores en 1996
expresa un compromiso del PLD con esa visión.
Todo esto es un activo, un patrimonio y
un referente histórico que debe servirle
a los peledeístas para su accionar
en la arena política dominicana.
No podemos, sin embargo, hacer una evaluación
objetiva de la gestión gubernamental
peledeísta sin dejar de mencionar
dos aspectos que estimamos fueron débiles.
Ellos son, en primer lugar, el inadecuado
manejo del gasto público, especialmente
en lo que se refiere al establecimiento
de prioridades y, en segundo lugar, la incoherencia
de muchos funcionarios que contribuyeron
a crear una imagen negativa del gobierno.
Faltó, sin lugar a dudas, una adecuada
relación institucional entre el Partido
y el Gobierno
El Contexto Actual
El PLD está compelido a desarrollar
un amplio proceso de revisión, democrático,
participativo, donde los miembros, los simpatizantes
y los ciudadanos comunes expresen sus opiniones
sobre lo que debe ser el partido. El PLD
es ya una fuerza histórica enraizada
en nuestro sistema democrático con
claras responsabilidades con el presente
y el futuro del país. La libre expresión
de todas las posiciones e ideas deben ser
bienvenidas y sometidas al escrutinio en
los foros más amplios, desarrollando
metodologías que garantizan fortalecer
la organización en lugar de debilitarla.
El PLD debe construir una nueva visión,
un nuevo paradigma de organización
política que exprese las nuevas realidades
del mundo moderno y que a la vez interprete
y exprese el sentir mayoritario de los ciudadanos.
El VI Congreso ratificó el compromiso
histórico de los peledeístas
con las posiciones patrióticas, con
la conducta ética en la política,
con la vocación de servicio al país,
con la lucha contra las desigualdades sociales,
contra todas formas de discriminación
social, de sexo o política y con
una sociedad auténticamente democrática
y civilizada.
La sociedad democrática moderna
demanda institucionalidad, en el marco de
una serie de valores claves como son: transparencia,
participación, eficiencia, equidad
y descentralización. Los partidos
políticos deben asumir sus propios
procesos de reforma y modernización
para estar en condiciones de propiciar,
de la mejor manera, los procesos de Reforma
y Modernización de las instancias
del Estado. Consolidar nuestras instituciones
y valores democráticos debe ser el
norte de nuestra actuación, garantizando
el equilibrio y la colaboración entre
los poderes públicos y una adecuada
relación entre los poderes públicos
y las entidades civiles.
El dilema que se dilucidó en el
VI Congreso es ortodoxia o renovación.
Hoy, frente a los falsos encasillamientos,
nuestro problema fundamental es la creación
de un marco político, ideológico
y programático con una visión
y un proyecto de país que nos permita
lograr el respaldo de la sociedad dominicana
y que nos permita conducir al pueblo dominicano,
en un escenario caracterizado por la globalización,
hacia una sociedad solidaria y cohesionada,
educada y comprometida con la democracia.
La gestión gubernamental del presidente
Fernández es en cierta forma el primer
paso en esta dirección.
El debate se abrió a lo interno
del PLD reenfocando claramente el tipo de
Estado aspiramos. Partimos del reconocimiento
de que las transformaciones que se han operado
en el ámbito mundial han conducido
a la aceptación de que el papel del
Estado como agente principal de los cambios
ha perdido significado. La realidad es que
hoy el Estado por si solo no está
en condiciones de dar respuestas a una sociedad
que, a través de diversas vías,
busca afirmar su protagonismo.
En nuestro país el Estado no ha
sido capaz de lograr la cohesión
social necesaria para hacer viable un proceso
verdaderamente democrático. Esto
ha producido inestabilidad política
y social. La crisis económica de
los años ochenta agravó los
problemas sociales, expresados en mayores
niveles de pobreza y en un incremento marcado
de la desigualdad. Inmerso en dicha crisis
y superado el período de la guerra
fría se generalizó una conciencia
de que era necesario buscar salidas a nuestros
problemas en el marco del proceso democrático.
Esto debió llevarnos en el PLD a
abordar la discusión a fondo en lo
relativo al tipo de Estado que debemos construir
en nuestro país para lograr, en un
ambiente de cohesión social, una
gobernabilidad que no sólo asegure
la superación de la pobreza sino
también el mantenimiento de un nivel
adecuado de bienestar general.
El siglo que se inicia nos deja pendiente
la solución del tipo de Estado que
hay que construir para superar la pobreza
y la exclusión y el congreso del
PLD debe abordarlo. Consideramos que el
nuevo Estado no podrá ser la repetición
del Estado liberal del siglo diecinueve,
pero tampoco es posible la continuidad del
Estado intervensionista que hemos conocido
en nuestro país.
Durante muchos años las soluciones
practicadas en nuestro país a situaciones
económicas y sociales complejas tenían
siempre en común el énfasis
en la omnipresencia de la intervención
estatal en todas las esferas de la vida
económica, social, política
y cultural. Ese comportamiento, que fue
apoyado por políticos de las más
diferentes posiciones, aun cuando el contenido
específico de las políticas
dependía de los sectores sociales
y de la orientación ideológica
que soportaban al Estado nacional, condujo
a una forma de participación estatal
en el manejo de la economía caracterizada
por el proteccionismo y el populismo.
El Estado a que debemos aspirar hay que
cimentarlo sobre la base de políticas
públicas que aseguren la consecución
de la cohesión social del país
y el apoyo a los sectores productivos nacionales
para mejorar su capacidad competitiva. La
primera concreción en la lucha por
lograr la cohesión social tiene que
ser la erradicación de la pobreza
en sus distintas formas.
Tenemos que reconocer que si bien el Estado
es fundamental para el proceso de desarrollo
económico y social, en la actual
etapa del desarrollo del capitalismo no
podrá serlo preponderantemente como
agente directo del crecimiento sino como
socio de capital privado, elemento catalizador
e impulsador de ese proceso. En ese escenario,
el Estado tiene un papel importante en la
provisión de infraestructura física
y social y en la realización de distribuciones
más equitativas del ingreso, de la
riqueza, el conocimiento y el poder. Son
áreas en donde no se puede confiar
a ciega en el mercado.
Resulta evidente que no pretendemos poner
en escena el viejo debate sobre el dilema
Estado-mercado sino lo que buscamos es conciliar
el papel del Estado con el mercado. No se
trata de abogar por un Estado intervencionista,
hostil al mercado; no es buscar un Estado
que ponga énfasis en la función
productiva. Hay que apostar por un Estado
que debe avanzar en la dirección
de procurar un vigoroso crecimiento económico,
combinado con una distribución adecuada
de sus frutos; en definitiva, un Estado
que sea promotor del desarrollo y regulador
del mercado.
Se trata, por lo tanto, de construir un
nuevo Estado que sea facilitador de la iniciativa
privada, que no obstaculice el mercado y
la libre competencia, de manera que se generen
condiciones que aseguren estabilidad, pero
además buenos y sostenidos niveles
de crecimiento.
Pero, tal y como se desprende de párrafos
anteriores, tendrá que ser más
que eso, deberá garantizar la puesta
en marcha de una política social
progresiva que permita reducir los actuales
niveles de pobreza y de desigualdad. No
debemos olvidar que nuestro país
forma parte de una región que si
bien no es la más pobre del mundo,
es la que presenta mayores niveles de desigualdad,
y por lo tanto el esfuerzo financiero que
hay que desarrollar para superar esta situación
será enorme en educación,
en salud, en seguridad social y en infraestructura.
Por lo tanto, la consolidación del
proceso democrático y la legitimación
del accionar político, implica necesariamente
la construcción de un Estado liberal-social.
En un contexto de expectativas sociales
crecientes, los países de América
Latina y el Caribe solo pueden afrontar
con éxitos estos retos si logramos
desarrollar robustas economías y
un Estado financieramente fuerte.
Pero tiene que ser un Estado fuerte en
término de su capacidad recaudadora.
El sistema tributario debe ser la base de
la fortaleza del Estado. Tal y como han
señalado muchos estudiosos de la
realidad latinoamericana ningún país
del mundo ha podido generar equilibrios
sociales con los niveles de gasto público
que tenemos en la mayoría de nuestros
países. No es nacionalizando o estatizando
empresas, incrementando el endeudamiento
externo o recurriendo a déficit presupuestarios
abultados que lograremos financiar las actividades
del Estado que aseguren una política
social progresista y progresiva. El problema
esencial es que las cargas tributarias en
toda América Latina son muy inferiores
a las de Europa, Estados Unidos y Asia Oriental.
A la vez que mejora la capacidad recaudadora
del Estado, es absolutamente necesario un
manejo racional y eficiente del gasto público,
definiendo prioridades de interés
público y un sistema de programación
y gestión moderna.
Debemos promover una nueva configuración
del Estado que permita una transferencia
de responsabilidades y facultades a los
municipios y a las provincias, en un proceso
gradual y sostenido de descentralización
que reduzca el poder omnímodo que
tiene el Poder Ejecutivo y sus instituciones
centralizadas. Es preciso fortalecer la
capacidad de gestión de los municipios
e involucrar las organizaciones cívicas
y comunitarias en el proceso de planificación
e implementación de las decisiones
que afecten sus territorios. Como organización
comprometida con el desarrollo institucional
del país, el PLD promueve el mejoramiento
del sistema político electoral, mediante
cambios en el régimen de representación,
participación y organización
política de los ciudadanos en el
sistema democráticos. En este sentido
promueve la aprobación de una ley
de partido y agrupaciones políticas
que propicie una mayor democratización
de estas entidades y mayor transparencia
en sus ejecutorias, de cara a la ciudadanía.
El partido esta comprometido con el desarrollo
de programas de formación especializada
en la organización, administración
y gestión de los poderes públicos
con miras a lograr un mejor desempeño
de sus miembros en el ejercicio de sus funciones
públicas. Además, seguirá
promoviendo la consolidación e independencia
de la Junta Central Electoral para garantizar
la credibilidad y normalidad en los procesos
electorales.
Se trata, pues, de estructurar
un PLD realista y pragmático que
enfatice las soluciones y no los problemas.
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