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POR JUAN BOSCH
Pocas historias poseen la virtud de ser
contadas o leídas, produciendo un
mismo encantamiento en los niños
y en los adultos. El "Cuento de Navidad"
del profesor Juan Bosch es uno de estos
casos de excepción: la ternura, el
frescor y la fantasía deleitan a
los pequeños, el espíritu
y el mensaje provocan la reflexión
en los más grandes, el tono vivaz
y la escritura tan poética como simple
"llegan" a todas las sensibilidades.
El autor en su estudio teórico,
"Apuntes sobre el arte de escribir
cuentos "expresa que el cuentista "padre
y el dictador de sus criaturas, no puede
dejarlas libres ni tolerarles rebeliones"
mientras los personajes de una novela, a
partir de sus hechos y de sus caracteres,
a veces modifican la acción originalmente
prevista por el novelista. Si bien es cierto
que los textos bíblicos y la tradición
cristiana tejieron la trama del relato y
encauzaron los hilos narrativos, Juan Bosch
dio curso a su imaginación creadora.
Como los grandes escritores clásicos
que siempre enriquecían y exaltaban
los modelos antiguos, la mitología
pagana o las Santas Escrituras.
Es mas, tenemos la impresión que
el Señor Dios del Cuento de Navidad
se "rebela" contra su autor...
durmiendo, que sus sueños de "varios
siglos" no solamente dejan a los hombres
actuar bien o mal (sobre todo) sin el debido
control omnipotente y orientador, sino que
ese cuento de Navidad, a partir de aquella
emancipación del héroe principal,
de las de Santa Claus y de los Reyes Magos,
se convierte en estructura novelesca, en
una novela, corta y gigantesca, que boceta
los destinos de la humanidad desde sus orígenes.
Por ejemplo, uno de los largos sueños
divinos, según el narrador, permite
que se martirice y se crucifique a Jesús
Cristo y el despertar de Dios Padre determina
la resurrección, pero en la técnica
de la narración, el incidente significa
un descanso y un impulso para la continuación
del relato y su construcción dinámica,
o sea, determina la curva de la acción.
Tampoco Juan Bosch puede olvidar que él
es un historiador hasta en la obra de ficción.
En el "Cuento de Navidad", él
hace historia a grandes rasgos y su pensamiento
tiende a colocar la epopeya transcrita por
los Testamentos en el sentido de la historia
de todos los hombres hasta los cataclismos
bélicos y los inventos mortíferos
de la época moderna. La visión
histórico-filosófica del escritor
trasciende los límites habituales
del género literario, se vuelve reflexión
universal y materia de reflexiones para
la generalidad de los lectores.
La originalidad de Juan Bosch consiste
en esta utilización combinada de
la elaboración imaginaria y de las
fuentes textuales para comunicar sus ideas
de paz, de fraternidad y de justicia. Y
tampoco es una casualidad que el cuento
se cierre sobre una imagen simbólica
y real, que concierne al drama y las esperanzas
latinoamericanas: el padre, la abuela, el
niño, la choza de México transmutan
en nuestro continente la Natividad de Jesús,
la pobreza de sus padres y los obsequios
de los Reyes.
El cuento cumplió circularmente
su ciclo narrativo, devolviendo a la infancia
desamparada de hoy, el mensaje de esperanza
que significó y significa siempre
la Natividad. La fábula se convierte
recordamos las palabras de Voltaire en "el
emblema de la verdad", de una verdad
que, en el hermoso "Cuento de Navidad"
del profesor Juan Bosch, se confunde con
el destino y los anhelos de la humanidad.
Marianne de Tolentino
Santo Domingo, Diciembre 1977.
CAPITULO I
Más arriba del cielo que ven los
hombres, había otro cielo, su piso
era de nubes y después, por encima
y por los lados, todo era luz, una luz resplandeciente
que se perdía en lo infinito. Allí
vivía el Señor Dios.
El Señor Dios debía estar
disgustado porque se paseaba de un extremo
al otro extremo del cielo. Cada zancada
suya era como de cincuenta millas y a sus
pisadas temblaba el gran piso de nubes y
se oían ruidos como truenos. El Señor
Dios llevaba las manos a la espalda, unas
veces doblaba la cabeza y otras la erguía
y su gran cabeza parecía un sol deslumbrante.
Por lo visto, algo preocupaba al Señor
Dios.
Era que las cosas no iban como Él
había pensado. Bajo sus pies tenía
la Tierra, uno de los más pequeños
de todos los mundos que Él había
creado y en la Tierra los hombres se comportaban
de manera absurda, guerreaban, se mataban
entre sí, se robaban, incendiaban
ciudades, los que tenían poder y
riquezas y odiaban a los vecinos ricos y
poderosos, formaban ejércitos y salían
a atacarlos. Unos se declaraban reyes, y
mediante el engaño y la fuerza tomaban
las tierras y los ganados ajenos, apresaban
a sus enemigos y los vendían como
bestias. Las guerras, las invasiones, los
incendios y los crímenes comenzaban
sin que nadie supiera cómo, ni debido
a qué causa y todos los que iniciaban
esas atrocidades decían que el Señor
Dios les mandaba a hacerlas y sucedía
que las víctimas de tantas desgracias
le pedían ayuda a Él que nada
tenía que ver con esas locuras. El
Señor Dios se quedaba asombrado.
El Señor Dios había hecho
los mundos para otra cosa y especialmente
había hecho la Tierra y la había
poblado de hombres para que éstos
vivieran en paz como si fueran hermanos,
disfrutando entre todos de las riquezas
y las hermosuras que Él había
puesto en las montañas y en los valles,
en los ríos y en los bosques. El
Señor Dios había dispuesto
que todos trabajaran a fin de que ocuparan
su tiempo en algo útil y a fin de
que cada quien tuviera lo necesario para
vivir y con la claridad del Sol hizo el
día para que se vieran entre si y
vieran sus animales y sus sembrados y sus
casas y vieran a sus hijos y a sus padres
y comprendieran que los otros tenían
también sembrados y animales y casas,
hijos y padres a quienes querer y cuidar.
Pero los hombres no se atuvieron a los deseos
del Señor Dios, nadie se conformaba
con lo suyo y cada quien quería lo
de su vecino, las tierras, las bestias,
las casas, los vestidos y hasta los hijos
y los padres para hacerlos esclavos. Ocurría
que el Señor Dios había hecho
la noche con las tinieblas y su idea era
que los hombres usaran el tiempo de la oscuridad
para dormir. Pero ellos usaron esas horas
de oscuridad para acecharse unos a otros,
para matarse y robarse, para llevarse los
animales e incendiar las viviendas de sus
enemigos y destruir sus siembras.
Aunque en los cielos había siempre
luz, la lejana luz de las estrellas y la
que despedía de si el propio Señor
Dios, se hizo necesario crear algo que disipara
de vez en cuando las tinieblas de la Tierra
y el Señor Dios creó la Luna.
La Luna iluminó entonces toda la
inmensidad. Su dulce luz verde amarilla
llenaba de claridad los espacios y el Señor
Dios podía ver lo que hacían
los hombres cuando se ponía el Sol.
Con sus manos gigantescas, Él hacía
un agujero en las nubes, se acostaba de
pechos en el gran piso gris, veía
hacia abajo y distinguía nítidamente
a los grupos que iban en son de guerra y
de pillaje. El Señor Dios se cansó
de tanta maldad, acabó disgustándose
y un buen día dijo:
- Ya no es posible sufrir a los hombres.
Y desató el diluvio, esto es, ordenó
a las aguas de los cielos que cayeran en
la Tierra y ahogaran a todo bicho viviente,
con la excepción de un anciano llamado
Noé que no tomaba parte en los robos,
ni en los crímenes, ni en los incendios
y que predicaba la paz en vez de la guerra.
Además de Noé, el Señor
Dios pensó que debían salvarse
su mujer, sus hijos, las mujeres de sus
hijos y todos los animales que el viejo
Noé y su familia metieran dentro
de una arca de madera que debía flotar
sobre las aguas.
Pero eso había sucedido muchos millares
de años atrás. Los hijos de
Noé tuvieron hijos y los nietos a
su vez, tuvieron hijos y después
los biznietos y los tataranietos. Terminado
el diluvio, cuando estuvo seguro de que
Noé y los suyos se hallaban a salvo,
el Señor Dios se echó a dormir.
Siempre había sido Él dormilón
y un sueño del Señor Dios
duraba fácilmente varios siglos.
Se echaba entre las nubes, se acomodaba
un poco, ponía su gran cabeza sobre
un brazo y comenzaba a roncar. En la tierra
se oían sus ronquidos y los hombres
creían que eran truenos.
El sueño que disfrutó el
Señor Dios a raíz del diluvio
fue largo, más largo quizá
de lo que Él mismo había pensado
tomarlo. Cuando despertó y miró
hacia la Tierra quedó sorprendido.
Aquel pequeño globo que rodaba por
los espacios estaba otra vez lleno de gente,
de enorme cantidad de gente, unos que vivían
en grandes ciudades, otros en pequeñas
aldeas, muchos en chozas perdidas por los
bosques y los desiertos. Y lo mismo que
antes, se mataban entre si, se robaban,
se hacían la guerra.
Por eso se veía al Señor
Dios preocupado y disgustado, por eso iba
de un sitio a otro, dando zancadas de cincuenta
millas. El Señor Dios estaba en ese
momento pensando qué cosa debía
hacer para que los hombres aprendieran a
quererse entre si, a vivir en paz. El diluvio
había probado que era inútil
castigarlos. Por lo demás, el Señor
Dios no quería acabar otra vez con
ellos, al fin y al cabo eran sus hijos,
El los había creado y no iba Él
a exterminarlos porque se portaran mal.
Si ellos no habían comprendido sus
propósitos, tal vez la culpa no era
de ellos, sino del propio Señor Dios
que nunca se los había explicado.
- Tengo que buscar un maestro que les enseñe
a conducirse - dijo el Señor Dios
para sí.
Y como el Señor Dios no pierde su
tiempo, ni comete la tontería de
mantenerse colérico sin buscarles
solución a los problemas, dejó
de dar zancadas, se quedó tranquilo
y se puso a pensar. Pues ni aún Él
mismo, que lo creó todo de la nada,
hace algo sin antes pensar en el asunto.
Una vez había habido un Noé,
anciano bondadoso, a quien el Señor
Dios quiso salvar del diluvio para que su
descendencia aprendiera a vivir en paz y
resultó que esos descendientes del
buen viejo comenzaron a armar trifulcas
peores que las de antes del tremendo castigo.
Había sido mala idea la de esperar
que la gente cambiara por medio o gracias
al ejemplo de Noé, por tanto, el
Señor Dios no perdería su
tiempo escogiendo castigos ejemplares ni
buscando entre los habitantes de la Tierra
alguien a quien confiarle la regeneración
del género humano. Pero entonces,
¿quién podría hacerse
cargo de ese trabajo?
El Señor Dios pensó un rato,
que podía ser un día, un año
o un siglo pues para Él, el tiempo
no tiene valor porque El mismo es el tiempo,
lo cual explica que no tenga ni principio,
ni fin. Pensó y de pronto halló
la solución:
- El mejor maestro para esos locos sería
un hijo mío.
¡Un hijo del Señor Dios! Bueno,
eso era fácil de decir pero muy difícil
de lograr. ¿Pues qué mujer
podía ser la madre del Hijo de Dios?
Sólo una Señora Diosa como
Él y resulta que no la había,
ni podía haberla. Él era solo,
el gran solitario y sin duda, si hubiera
estado casado nunca habría podido
hacer los mundos y todo lo que hay en ellos,
en la forma en que los hizo, porque la mujer
del Señor Dios, cualquiera que hubiera
sido - aún la más dulce e
inteligente - habría intervenido
alguna que otra vez en su trabajo y debido
a su intervención las cosas habrían
sido distintas, por ejemplo, la mujer hubiera
dicho: "¿pero por qué
le pones esa trompa tan fea al pobrecito
elefante cuando le quedaría mejor
un ramo de flores?" O quizá
habría opinado que la jirafa no debía
tener el cuello tan largo y ahora tendríamos
una jirafa de patas larguísimas y
pescuezo de seis pulgadas. Ocurrió
siempre que cualquiera mujer convence a
su marido de que haga algo en esta forma
y no en aquella y así es y tiene
que ser porque ella es la compañera
que sufre con el marido sus horas malas
y el marido no puede ignorar su derecho
a opinar y a intervenir en cuanto él
haga.
Pero el Señor Dios es solitario
y tal vez por eso puso mayor atención
en los animales machos que en las hembras,
razón por la cual el león
resultó mas fuerte que la leona,
el gallo más inquieto y con más
color que la gallina, el palomo más
grande y ruidoso que la paloma. Y la verdad
es que como Él no tenía necesidades
como la gente, ni sentía la falta
de alguien con quien cambiar ideas, no se
dio cuenta de que debía casarse.
No se casó y sólo en aquel
momento, cuando comprendió que debía
tener un hijo, pensó en su eterna
soltería.
- Caramba, debería casarme - dijo.
Pero a seguidas se rió de sus palabras.
¿Con quién podía contraer
matrimonio? Además, aunque hubiera
con quien, Él estaba hecho a sus
manías, que no iba a dejar fácilmente,
entre otras debilidades, le gustaba dormir
de un tirón montones de siglos y
a las mujeres no les agradan los maridos
dormilones.
La situación era seria y había
que hallarle una solución. Eso que
sucedía en la Tierra no podía
seguir así. El Señor Dios
necesitaba un hijo que predicara en ese
mundo de locos, la ley del amor, la del
perdón, la de la paz.
- ¡Ya está! - dijo el Señor
Dios, pero lo dijo con tal alegría,
tan vivamente que su vozarrón estalló
y llenó los espacios, haciendo temblar
las estrellas distantes y llenando de miedo
a los hombres en la Tierra.
Hubo miedo porque los hombres que van a
la guerra como a una fiesta, son sin embargo,
temerosos de lo que no comprenden, ni conocen.
Y la alegría del Señor Dios
fue fulgurante y produjo un resplandor que
iluminó los cielos, a la vez que
su tremenda voz recorrió los espacios
y los puso a ondular. El Señor Dios
se había puesto tan contento porque
de pronto comprendió que el maestro
de ese hatajo de idiotas que andaban matándose
en un mundo lleno de riquezas y de hermosuras
tenía que ser en apariencia igual
a ellos, es decir, un hombre y que por tanto
la madre de ese maestro debía ser
una mujer. Así fue como el Señor
Dios decidió que Su Hijo nacería
como los hijos de todos los hombres, nacería
en la Tierra y su madre sería una
mujer.
Alegre con su idea, el Señor Dios
decidió escoger a la que debía
llevar a Su Hijo en el vientre. Durante
largo rato miró hacia la Tierra,
observó las grandes ciudades, una
que se llamaba Roma, otra que se llamaba
Alejandría, otra Jerusalén
y muchas más que eran más
pequeñas. Su mirada, que todo lo
ve, penetró por los techos de los
palacios y recorrió las chozas de
los pobres. Vio infinito número de
mujeres, mujeres de gran belleza y ricamente
ataviadas o humildes en el vestir, emperatrices,
hijas de comerciantes y funcionarios, compañeras
de soldados y de pescadores, hermanas de
labriegos y esclavas. Ninguna le agradó.
Pues lo que el Señor Dios buscaba
era un corazón puro, un alma en la
que jamás hubiera albergado un mal
sentimiento, una mujer tan llena de bondad
y dulzura que Su Hijo pudiera crecer viendo
la belleza reflejada en los ojos de la madre.
El Señor Dios no hallaba mujer así
y de no hallarla, toda la humanidad estaría
perdida, nadie podría salvar a los
hombres. De una mujer dependía entonces
el género humano y sucede que de
la mujer depende siempre, porque la mujer
está llamada a ser madre, la madre
buena da hijos buenos y son los buenos los
que hermosean la vida y la hacen llevadera.
Iba el Señor Dios cansándose
de su posición ya que estaba tendido
de pechos mirando por el agujero que había
abierto en las nubes, cuando acertó
a ver, en un camino que llevaba a una aldea
llamada Nazaret, a una mujer que arreaba
un asno cargado de botijos de agua. Era
muy joven y acababa de casarse con un carpintero
llamado José. Su voz era dulce y
sus movimientos armoniosos. Llevaba sobre
la cabeza un paño morado y vestía
de azul. El Señor Dios, que está
siempre enterado de todo, sabía que
se llamaba María, que era pobre y
laboriosa, que tenía el corazón
lleno de amor y el alma pura.
El Señor Dios tenía la costumbre
de regañar consigo mismo, de manera
que en ese momento dijo:
- Debo ser tonto, ¿pues por qué
he estado buscando mujeres en las grandes
ciudades y en los palacios, si yo sabía
que María estaba en Nazaret?
Ocurre que el Señor Dios prefería
admitir que era tonto antes que aceptar
que de tarde en tarde su memoria le fallaba.
Ya estaba algo viejo, si bien es lo cierto
que Él había nacido viejo
porque desde el primer momento de su vida
había sido como era entonces, y desde
ese primer momento lo sabía todo
y tuvo sobre sí la responsabilidad
de la vida, es decir, la de dar la vida,
la de poblar los espacios de mundos y los
mundos de seres, de plantas y de piedras,
de montañas y de mares y de ríos.
Con tantas preocupaciones encima, ¿a
quién ha de extrañarle que
se olvidara de la existencia de María?
La había olvidado y esa era la verdad
aunque Él no quisiera admitirlo.
Pero he aquí que acertó a
verla y de inmediato la reconoció,
en el instante supo que ella debía
ser la madre de Su Hijo. Gran descanso tuvo
el Señor Dios en ese momento. Los
hombres seguían en sus trifulcas,
sus guerras y sus rapiñas y desde
allá arriba el Señor Dios
oía sus gritos, el tropel de sus
caballerías atacándose unas
a otras, veía a los reyes ordenando
matanzas y celebrando grandes fiestas, a
los mercaderes y a los sacerdotes de las
más variadas religiones dirigiendo
los cultos, cada uno diciendo que el suyo
era el único verdadero, a los navíos
cruzando los mares y a los pastores peleando
a pedradas con los leones de los desiertos
para defender sus ovejas. Y pensaba Él:
"Pronto esos locos van a oír
la voz de Mi Hijo".
Para el Señor Dios decir "pronto"
era como para nosotros decir "dentro
de un momento", sólo que el
tiempo es para Él muy distinto de
lo que es para nosotros. Todavía
Su Hijo tenía que nacer, crecer y
llegar a hombre. Pero si el Señor
Dios había sufrido miles de años
las locuras del género humano, ¿qué
le importaba esperar unos años más?
Ahora bien, si se quiere que algo esté
hecho dentro de un siglo, lo mejor es empezar
a hacerlo ahora mismo, y así es como
pensaba y piensa el Señor Dios. Además,
Él no tiene la mala costumbre de
soñar las cosas y dejarlas en sueño.
Las mejores ideas son malas si no se convierten
en hechos y el Señor Dios sabía
que es preferible equivocarse haciendo algo
a quedarse sin hacer nada por miedo a cometer
errores. De manera que Él no debía
perder tiempo, como no lo había perdido
jamás cuando tenía algún
quehacer por delante. Y ahora tenía
uno muy importante: el de dar un hijo suyo
a los hombres para que éstos oyeran
por la boca de ese hijo la palabra de Dios.
Sucedía que María estaba
casada desde hacía poco. Por otra
parte, aunque se hallara soltera, el Señor
Dios no podía bajar a la Tierra para
casarse con ella. Él no era un hombre
sino un ser de luz, que ni había
nacido como nosotros, ni moriría
jamás, a pesar de lo cual vivía
y sentía y sufría. Era, como
si dijéramos, una idea viva. Lo que
Su Hijo traería a la vida no sería
su rostro, no serían sus ojos, ni
su nariz, sino parte de su luz, de su propio
ser, de su esencia. Pero para que la gente
lo viera y lo oyera, debería tener
figura humana y para tener figura humana
debía nacer de una mujer. Visto todo
eso, no hacía falta que Él
se casara con María, sólo
era necesario que el hijo de María
tuviera el espíritu del Señor
Dios. Y eso había que hacerlo inmediatamente.
De vez en cuando, el Señor Dios
tiene buen humor, le gusta hacer travesuras
allá arriba. Esa vez hizo una. Él
pudo haber soplado sobre sus manos y decir:
- Soplo, hazte un pajarillo y ve donde
está María, la mujer del carpintero
José, en la aldea de Nazaret y dile
que va a tener un hijo mío.
Pero sucede que ese día Él
estaba de buen humor y sucede además
que Él conocía el corazón
humano y sabía que nadie iba a creer
a un pajarillo.
Por eso se arrancó un pelo de su
gran barba, se lo puso en la palma de la
mano y dijo:
- Tu vas a convertirte ahora en un ángel
y te llamarás el Arcángel
San Gabriel. ¡Pero pronto, que no
estoy por perder tiempo!
Aquello pareció cuento de hadas.
En un segundo el blanco pelo se transformó,
creció, le salieron alas, se le formó
una hermosa cabeza cubierta de rubios cabellos.
Al abrir los azules ojos el Arcángel
se llevó el gran susto.
- Buenos días, Señor... -
empezó a decir, temblando de arriba,
abajo.
- Señor Dios es mi nombre, joven
- aclaró el Señor Dios -,
y para lo sucesivo sepa que soy su jefe,
de manera que vaya acostumbrándose
a obedecerme.
- Si, Señor Dios, se hará
como Usted mande.
- Empezando por el principio, como en todas
las cosas, aprenda buenos modales, salude
con cortesía a sus mayores y tenga
buena voluntad para cumplir mis órdenes.
Atienda bien, porque ustedes los ángeles
andan siempre distraídos y olvidan
pronto lo que se les dice. No ponga esa
cara tan seria. Es muy importante saber
sonreír, sobre todo, en su caso,
pues usted va a tener una función
bastante delicada, como si dijéramos,
una misión diplomática.
- No se qué es eso, Señor
Dios pero en vista de que Usted lo dice,
debe ser así.
- Me parece muy inteligente esa respuesta,
Gabriel. Creo que vas a ser un arcángel
bastante bueno. Ahora, fíjate en
esa bola pequeña que va rodando allá
abajo. Obsérvala bien, es la Tierra
y allá vas a ir sin perder tiempo.
El Arcángel San Gabriel miró
hacia abajo y vio un tropel de mundos que
pasaba a gran velocidad y como él
acababa de abrir los ojos, más aún,
acababa de nacer, no estuvo atinado cuando
señaló a uno de esos mundos
mientras preguntaba:
- ¿Es aquella de color rojizo que
va allá?
Eso no le gustó al Señor
Dios pues Él nunca había tenido
paciencia para enseñar. De haberla
tenido no habría pensado en un hijo
para que sirviera de maestro a los hombres.
- Jovenzuelo - dijo -, haga el favor de
poner atención cuando se le habla
y no tendrá que oír las cosas
dos veces. Le he enseñado la otra
bola, la que está a la izquierda.
El Arcángel Gabriel era tímido.
En verdad, no había tenido tiempo
de formarse carácter. Le confundió
sobremanera que el Señor Dios le
tratara unas veces de "tú"
y otras de "usted" y se puso a
temblar de miedo.
- ¡Eso si que no! - tronó
el Señor Dios - Estás lleno
de miedo y nadie que lo tenga puede hacer
obra de importancia. Tampoco hay que tener
más valor de la cuenta, como les
ocurre a algunos de esos locos que pueblan
la Tierra y creen que el valor les ha sido
concedido para hacer el mal y abusar de
los débiles. Pero te advierto, hijo
mío, que la serenidad y la confianza
en sí mismo son indispensables para
vivir conmigo, no quiero ni a los tímidos,
porque todo lo echan a perder por falta
de dominio, ni a los agresivos, que van
por ahí causando averías,
sino a los que son serenos porque la serenidad
es un aspecto de bondad y la bondad es una
parte de mí mismo. ¿Entiendes?
El Arcángel dijo que si, pero la
verdad es que no entendió palabra,
se sentía confundido, sorprendido
de lo que le estaba ocurriendo minutos después
de haber salido de un pelo de barba. Sólo
atinaba a ver el desfile de mundos a lo
lejos y a oír el vozarrón
del Señor Dios.
- Bueno - prosiguió el Señor
Dios -, pues si entendiste, ya sabes que
ésa que te señalo es la Tierra.
Vas a irte allá sin perder tiempo,
te dirigirás a una aldea llamada
Nazaret, que está cerca de un lago
al cual los hombres llaman de Genezaret.
Aprende bien el nombre para que no cometas
errores. En esa aldea de Nazaret vive una
mujer llamada María. Hace un momento
la vi llevando agua a su casa y tal vez,
no haya llegado todavía, vestía
de azul claro, llevaba un paño morado
sobre la cabeza y arreaba un asno cargado
de botijos de agua. Te doy todos esos detalles
para que no te confundas. Podrás
conocerla, además, por la voz, pues
su voz es melodiosa como ninguna otra. Si
sucede que al llegar tú ya ella se
ha metido en su choza, pregunta a cualquiera
que veas por María, la mujer del
carpintero José, es seguro que te
dirán dónde vive, porque la
gente de la Tierra es curiosa y amiga de
novedades, razón por la cual te ayudarán
para después pasarse un mes charlando
sobre tu visita a la joven señora.
¿Me vas entendiendo?
- Si, Señor Dios.
- Entonces queda poco por decirte. Al llegar
allá te dirigirás a María
con mucha urbanidad y le dices que Yo he
dispuesto tener un hijo y que ella será
la madre, que se prepare, por tanto, a ser
la madre del Hijo de Dios. Eso es todo.
¡Vete en el acto, que tengo un poco
de sueño y antes de dormir quiero
saber cómo te irá en tu embajada!
San Gabriel iba a salir cuando se le ocurrió
preguntar:
- ¿Y si me pregunta cómo
va a ser Su Hijo, qué nombre habrá
de ponerle, qué oficio tendrá?
- Le dirás que será como
todos los hijos de hombres y mujeres y que
sólo ha de distinguirse de los demás
por la grandeza y la luminosidad de su espíritu,
que será humilde, bondadoso y puro,
que le llame Jesús y que su oficio
será mostrar a la humanidad el camino
del amor y del perdón. Le dirás
también que está llamado a
sufrir para que los demás puedan
medir el dolor que hay en la Tierra comparándolo
con el que él padecerá y porque
sólo sufriendo mucho enseñará
a perdonar también mucho.
El Arcángel no esperó más.
Sentía que las palabras del Señor
Dios henchían su alma, la llenaban
con fuerza musical, con algo cálido
y hermoso. Se le olvidó despedirse,
cosa que el Señor Dios no le tomó
en cuenta porque pensó que no podía
aprenderlo todo de golpe. Un instante después,
San Gabriel veía la Tierra tan cerca
que casi podía tocarla.
CAPITULO II
Viendo las ciudades de la Tierra, los ricos
palacios en lo alto de las colinas y a orillas
de los mares, admirando el esplendor con
que vivían los reyes y sus favoritos,
los grandes mercaderes y los jefes de tropas,
San Gabriel se preguntó por qué
el Señor Dios había resuelto
tener un hijo con una mujer pobre, que moraba
en choza de barro y arreaba asnos cargados
de agua por caminos polvorientos. ¿No
era el Señor Dios, el verdadero rey
de los mundos, el dueño del Universo,
el padre de todo lo creado? ¿No debía
ser su hijo pues, otro rey? Si tenía
que nacer de mujer, ¿por qué
Él no había escogido para
madre suya a una reina, a la hija de un
emperador, a la heredera de un príncipe
poderoso? A juicio de San Gabriel, el Hijo
de Dios, debía nacer en lecho adornado
con cortinas de terciopelo y seda, entre
oro y perlas, rodeado por grandes dignatarios
y damas deslumbrantes y a su alrededor debía
haber un ejército de esclavos listos
a servirle; así, todos los pueblos
le rendirían homenaje y veneración
desde su nacimiento y los grandes y los
pequeños le obedecerían porque
estaban acostumbrados desde hacía
muchos siglos a respetar y honrar a quienes
nacían en cunas de reyes. ¿Había
dicho el Señor Dios que Su Hijo estaba
llamado a mostrar al género humano,
el camino de la paz, del amor y del perdón
había él oído mal?
De ser así, ¿no le sería
más fácil imponer la paz si
nacía hijo de rey y por lo mismo,
obedecido por millares de soldados que harían
lo que Él les ordenara?
El Arcángel San Gabriel se detuvo
un momento a meditar. Pensó que tal
vez él estaba equivocado, a lo mejor
se había confundido y el Señor
Dios no le había hablado de choza,
ni de mujer pobre, ni de asno, ni de botijos
de agua. Volvería allá arriba
a preguntarle al Señor y hasta de
ser posible discutiría con Él,
el asunto.
Pero el hermoso ángel ignoraba que
el Señor Dios estaba mirándolo
e ignoraba también que el Señor
Dios sabía qué cosa estaba
pensando él en tal momento. Podemos
imaginar, pues, el susto que se llevó
cuando oyó la enorme voz del Señor
Dios llamándole. He aquí lo
que le dijo el Señor Dios:
- Gabriel, estás pensando mal. Te
dije lo que te dije, no lo que tú
crees ahora que debí decirte. Mi
Hijo nacerá en casa pobre, porque
si no es así, ¿cómo
habrá de conocer la miseria y el
padecimiento de los que nada tienen que
son más que los poderosos? ¿Cómo
quieres tú que Mi Hijo conozca el
dolor de los niños con hambre, si
Él crece harto? Mi Hijo va a ofrecer
a la humanidad el ejemplo de su sufrimiento,
¿y quieres tú que se lo ofrezca
desde el lujo de los palacios? Gabriel,
¡no me hagas perder la paciencia,
caramba! No te metas a enmendar mis ideas.
Cumple tu misión y hazlo pronto,
que estoy cayéndome de sueño
y no me hallo dispuesto a perdonarte si
me desvelo por tu culpa.
¡Ya lo sabes!
¿Qué más debía
decirse? El pobre Arcángel estuvo
a punto de caer de bruces en pleno lago
de Genezaret, pues del susto se le olvidó
usar las alas. En un segundo se dirigió
a la choza del carpintero José, y
tan asustado iba que pegó un cabezazo
contra la pared. En el acto se le formó
un chichón. Para suerte suya la choza
no era uno de esos palacios de mármol
donde él creyó que debía
nacer el Hijo de Dios, pues de haber sido
uno de ellos, el hermoso Arcángel
se habría roto un hueso.
Frente a la choza había un hombre
barbudo, de cara bondadosa, que aserraba
un madero. "Este debe ser el carpintero
José", pensó San Gabriel.
Y era José sin duda, pues cerca de
él había un rústico
banco de carpintero y sobre éste,
madera cortada e instrumentos del oficio.
- ¿Qué desea usted? - le
preguntó el carpintero, a quien le
pareció muy raro que el visitante,
en vez de tocar a la puerta como lo hace
todo el mundo, llamara golpeando con la
cabeza en la pared.
- Deseo saber dónde vive el carpintero
José - explicó el Arcángel.
- Aquí mismo, joven, yo soy José.
Le advierto que si viene a buscarme para
algún trabajo, me halla con muchos
compromisos.
Esa era una manera de estimular el interés
del visitante, pues la verdad es que José
estaba por esos días sin trabajo.
De ahí que le desconsolara mucho
oír al recién llegado, que
decía:
- No, señor, se trata de otra cosa.
Yo vengo a hablar con María, su mujer.
- ¿María? - dijo José,
como un eco -. Fue a la fuente en busca
de agua. Tendrá que esperarla un
poco. ¿Desea sentarse?
- No, prefiero esperarla aquí.
José no perdió del todo la
esperanza y se puso a hablarle al visitante
de su oficio.
- A mi siempre me están buscando
para trabajos de carpintería -afirmaba-
porque nadie hace mesas y reclinatorios
tan buenos ni tan baratos como yo. Por eso
me mantengo ocupado todo el año.
José hablaba y San Gabriel pensaba
en la rapidez con que se habían producido
los hechos desde su aparición al
conjuro del soplo del Señor Dios.
Todo había sucedido tan deprisa que
todavía María no había
vuelto de la fuente.
El Señor Dios la había visto
arreando el asno y antes de que ella retornara
a su casa había nacido el arcángel,
había oído las recomendaciones
del Señor Dios, había viajado
a la Tierra, había pensado disparates,
se había casi descabezado contra
la pared de la choza y había cambiado
frases con José.
- Caramba - se dijo él lleno de
asombro - la verdad es que mi jefe actúa
sin perder tiempo.
¿Sin perder tiempo? ¿Y qué
es el tiempo para el Señor Dios,
si ocurre que a la vez Él es el tiempo
y está más allá del
tiempo? El tiempo es algo así como
la respiración de los mundos y el
Señor Dios es la vida misma de los
mundos, de manera que el tiempo viene a
ser la respiración del Señor
Dios, ideas muy complicadas desde luego
para San Gabriel. Desde allá arriba
el Señor Dios veía esas ideas
en la cabeza de su embajador y pensaba:
"A este Gabriel le valdría más
recordar mis instrucciones y no meterse
en honduras porque ya va llegando María".
Así sucedía, en verdad. Con
su alegre y linda cara de muchacha, María
iba acercándose a la choza. De sólo
verla, el Arcángel la conoció,
lo cual no tuvo buenos resultados porque
como estaba pensando en aquello del tiempo,
se turbó y olvidó que el Señor
le había recomendado usar modales
urbanos para dirigirse a la joven señora.
También es verdad que él nunca
antes había hablado a una mujer;
que en un instante había pasado de
la nada a la vida y había viajado
de los cielos a la Tierra, en fin, que había
tenido muchas emociones y muchas experiencias
en corto rato, lo cual tal vez podría
explicar su turbación. Es el caso
que cuando María llegó, se
le puso delante y sólo atinó
a decir esto:
- Si no me equivoco, usted es María,
la mujer de ese señor que está
ahí aserrando madera. Bueno, yo tengo
que hablar con usted algo muy importante.
Se lo voy a decir en presencia de su marido,
porque según me dijo el Señor
Dios, la gente de esta Tierra es muy dada
a charlar sobre todas las cosas y es mejor
que haya testigos. Lo que tengo que decirles
es que el Señor Dios va a tener un
hijo y usted va a ser la mamá. Con
que ya lo sabe. Si tiene algo que preguntar,
hágalo ahora mismo porque el Señor
Dios se siente con sueño y no quiere
que yo pierda el tiempo hablando tonterías
con usted.
La joven María se quedó boquiabierta,
más propiamente, muda del asombro.
Pero el que se asustó más
fue su marido. Tan pronto oyó lo
que había dicho San Gabriel, soltó
la sierra y salió detrás del
Arcángel, que ya se iba.
- ¡Oiga, amigo! ¿Usted sabe
lo que ha dicho? ¿No sabe usted que
el Hijo de Dios va a tener que sufrir mucho,
según dicen las Escrituras y que
van a matarlo en una cruz?
San Gabriel atajó aquel torrente
de palabras explicando:
- Todo lo que usted quiera, señor,
pero yo he venido a cumplir una misión
que me encomendó el Señor
Dios. Yo lo siento mucho, pero lo que le
suceda al Hijo de Dios no es asunto mío.
Lo único que puedo decirle es que
su papá quiere que le pongan el nombre
de Jesús.
Dicho lo cual pegó un salto, extendió
las alas y se perdió en el cielo,
a tal velocidad que ningún ojo humano
podía seguirlo.
El bueno de José cayó de
rodillas, se agarró una mano con
la otra, elevó las dos a lo alto
y después se dobló hasta pegar
la cabeza con el polvo del camino.
- ¡Ay María, María!
-exclamó- ¿Cómo se
te ocurre tener un hijo de Dios? ¿No
sabes que todos los profetas han dicho que
el Hijo de Dios tendrá que sufrir
mucho entre los hombres, que será
escarnecido, torturado y muerto en una cruz,
como el peor de los criminales? ¿Qué
va a ser de nosotros, María? ¿Por
qué te has metido en tal compromiso
sin hablar antes conmigo?
La pobre María oía a su marido
sin lograr comprender por qué hablaba
así. Pues qué tenía
ella que ver con lo que dispone el Señor
Dios, ¿qué sabía ella
de lo que había hablado San Gabriel,
a quien nunca antes había visto y
cuyo nombre ignoraba?
El Señor Dios veía a la joven
María confundida, a José con
el rostro desfigurado por el sufrimiento
y sólo atinó a intervenir
diciendo:
- ¡No seas tonto, José, que
María no ha tenido parte en la decisión
mía, y el nacimiento de Mi Hijo no
es cosa suya, ni tuya, sino mía!
Lo cual era verdad, pero también
es verdad que desde que los hombres comenzaron
a poblar la Tierra, habían adquirido
la costumbre de echar sobre sus mujeres
la culpa de cuanto pasaba. El Señor
Dios ignoraba esto porque Él nunca
había visto de cerca cómo
se comportaban los matrimonios, debido a
que lo ignoraba, le habló así
a José. De haber estado al tanto
de pequeñeces como ésa, habría
pasado por alto las palabras del marido
de María, pues es lo cierto que tenía
sueño y quería echar una siesta.
Una siesta del Señor Dios puede
ser de días, de meses o de años.
Pero la de esa ocasión no iba a ser
muy larga. Porque he aquí que Él
estaba en lo mejor del sueño cuando
de pronto despertó diciendo:
- Caramba, si ya va a nacer Mi Hijo. Por
poco lo olvido.
Desde hacía millares de siglos nacían
niños en la Tierra. Nacían
hijos de reyes, de labriegos, de pastores,
de guerreros; nacían niños
blancos, amarillos, negros; nacían
hembras y varones, unos robustos, otros
débiles; unos chillones y otros casi
callados, unos ricos y otros pobres, unos
de ojos azules y otros de ojos castaños
y de ojos negros; niños de todas
clases, de todas las figuras; niños
que nacían en medio de las guerras,
en los campamentos, entre lanzas y sables
y caballos y niños que nacían
en los bosques, rodeados de árboles,
de pajarillos y de mariposas; niños
que nacían en los caminos, mientras
sus padres viajaban y niños que nacían
en las barcas, sobre los ríos y los
mares; niños que nacían en
grandes casas llenas de alfombras y niños
que nacían en las cuevas de los pastores,
al pie de las montañas. Lo que jamás
se había visto era el nacimiento
de un niño que fuera el Hijo del
Señor Dios. El Señor Dios
no tenía experiencia en casos de
nacimientos, lo cual explica que el de Su
Hijo le tomara de sorpresa.
Así sucedió. El Señor
Dios despertó cuando ya Su Hijo estaba
a punto de nacer. Ahora bien, Él
había resuelto que el niño
nacería pobre y nacer pobre es tanto
como nacer desconocido. Si el alumbramiento
de María se hubiese dado en Nazaret,
alguna gente iría a ayudarla, a ver
a la criatura, no faltarían los vecinos,
los parientes y los conocidos de María
y de José. En ese caso, no se cumpliría
la voluntad del Señor Dios. El niño,
pues no nacería en la aldea de Nazaret
y a fin de que así fuera el Señor
Dios hizo correr la voz de que María
y José tenían que hacer un
viaje a Belén porque el emperador
de Roma, que gobernaba en esos lugares,
había ordenado que todo el mundo
debía inscribirse en el sitio de
donde procedía su familia. La familia
de María era de Belén de Judá,
un pueblo que estaba al sur de Nazaret.
En Belén habían nacido muchos
cientos de años antes, un rey llamado
David. En Belén debía nacer
el Hijo de Dios.
Montando el asno que usaba para llevar
agua de la fuente a la casa, María
iba hacia Belén por caminos llenos
de polvo y de piedras rojizas. El sol de
los inviernos calentaba toda la llanura;
casi hacía hervir el aire. María
cubría su rostro con un paño
de color rojo, el asno caminaba despacio
y detrás iba José agitando
una rama seca con la cual pegaba de vez
en cuando al paciente borrico. Cada cinco
o seis horas se detenían; era cuando
llegaban a las cercanías de un pozo,
donde debían coger agua para el camino.
Pues en las tierras donde nació el
Hijo de Dios, apenas hay ríos; la
sed atormenta a las bestias y a las gentes;
en escasos lugares se ven árboles
y sólo se hallan con profusión
arbustos espinosos; los vientos levantan
nubes de tierras quemadas por la sequía
y las ovejas se refugian a la sombra de
las montañas, donde el rocío
nocturno permite que crezcan los yerbajos
que necesitan para sustentarse.
Con gran trabajo llegaron María
y José a Belén y hallaron
el poblado lleno de forasteros, visitantes
de las aldeas vecinas que iban allí
a inscribirse y aprovechaban el viaje para
vender lo poco que tenían. Las pequeñas
calles eran muy estrechas y torcidas, de
manera que el borrico, cargado con María,
apenas podía pasar por entre los
montones de quesos, de pieles de carneros,
de higos y de botijos que los vendedores
extendían sobre las piedras. Mientras
pasaba, José iba gritando que pagaría
bien a quien le ofreciera una habitación
para él y para su mujer, que llegaban
de lejos y necesitaban albergue. Pero nadie
podía ofrecerles techo, ni aún
por una noche. Las casas, en su mayoría
pobres estaban llenas desde hacía
días con los visitantes de los contornos.
Nadie ponía atención en los
gritos de José, que estaba angustiado
porque sabía que su mujer iba a dar
a luz y quería que lo hiciera como
todas las mujeres, en una habitación.
José no sabía que el Señor
Dios había dispuesto que Su Hijo
debía nacer pobremente, tan pobremente
como podría nacer un ternero o un
potrillo.
Siguieron pues, María y José
cruzando las callejuelas. Veían pasar
ante ellos jóvenes con corderos cruzados
sobre los hombros, muchachos que llevaban
palomas enjauladas o racimos de perdices
muertas; pasaban ancianas con telas que
ellas mismas habían tejido; de vez
en cuando cruzaban grupos de asnos cargados
con botijos de vino y de aceite. Todo el
mundo gritaba ofreciendo algo en venta.
Belén estaba lleno de mercaderes.
No habiendo hallado albergue para él
y para María, José fue a dar
a un establo, hacia el camino del sur. En
el establo descansaban las bestias de labor
de campesinos que iban a Belén y
se veían allí mulas, bueyes,
jumentos y caballos, cabras y ovejas. Como
José y María llegaron tarde,
casi todas las bestias dormían ya.
El sitio era pobre, con el techo en ruinas,
las paredes a medio caer, el piso lleno
de excremento de los animales. Pero había
calor, el calor que despedían las
bestias y un olor fuerte, que resultaba
a la vez grato, parecía llenar el
aire del lugar.
Cuando el Señor Dios despertó,
ya estaba naciendo Su Hijo. Nació
sin causar trastornos, muy tranquilamente;
pero igual que todo niño, gritó
al sentir el aire en la piel. Gritó
y un viejo buey que estaba cerca, volvió
los ojos para mirarle; mugió, acaso
queriendo decir algo en su lengua, y su
mugido hizo que una mula que estaba a su
lado se volviera también para ver
al recién nacido. En ese momento
fue cuando el Señor Dios abrió
allá arriba las nubes y dijo:
- ¡Pero si ya nació Mi Hijo!
- De momento el Señor Dios pareció
desconcertado. Nunca había El pasado
por un caso igual, pues aunque los mundos
y todo lo que en ellos hay habían
sido creados por Él, jamás
había tenido un hijo directo, nacido
de su propia esencia. Lo primero que hizo
fue preguntarse qué debía
Él hacer para que la gente supiera
que Su Hijo había llegado a la Tierra.
(Fragmento) |