La reaparicion de Ben Laden
Por José Javaloyes
Mientras Pakistán se resuelve en incógnita de gran escala tras del asesinato de Sahir Bhutto –—no reducida ni entibiada por la designación testamentaria de su hijo, Bilawal Zardari, para que la releve en el empeño dinástico contra el integrismo islámico—, Ben Laden reaparece por Internet, luego de que Al Queda niegue la autoría del magnicidio, para patrocinar la causa palestina —al objeto de extender la Yihad o guerra religiosa— y pronunciarse contra todo Gobierno de unidad nacional en Iraq.
Pero acaso lo más novedoso de este mensaje sea la aportación de un argumento básicamente nuevo: todo ha de hacerse así en Iraq para que Estados Unidos no controle el petróleo de ese país. Para el primer terrorismo del mundo actual, el argumento es útil y de un apreciable grado de certeza, en la medida que han sido fuentes norteamericanas —comenzando por las sonadas declaraciones de Paul Volfowitz, ex presidente del Banco Mundial, cuando era subsecretario de Defensa, al que se tiene como uno de los diseñadores de la invasión de Mesopotamia— las que han señalado la relevancia del factor petróleo en el desencadenamiento de la contienda.
En un cuadro político-energético como el actual, en el que la presente Rusia dispone de bazas económicas que no tenía en los tiempos soviéticos, pues su sistema económico de entonces sólo exportaba productos industriales a sus países satélites y determinadas áreas del Tercer Mundo, el petróleo tiene una importancia estratégica varias veces multiplicada con respecto a la que ya representaba entonces. Las cosas van efectivamente por donde dice el demente de más relieve en los últimos 100 años, exceptuados, claro está, los gigantescos casos de locura en Adolfo Hitler, y de vesania en José Stalin.
Pero hay algo más que un argumento poco rebatible en este mensaje de reaparición del Gran Fugitivo, al que se sitúa escondido en las montañas que separan Pakistán de Afganistán. Se trata ahora, más a las claras que nunca, de la gran ambición estratégica de Al Qaeda: reemplazar el nacionalismo árabe, como categoría ideológica para la resistencia frente a Occidente, por el islamismo en llamas propio de la Yihad. Al fin y al cabo, como demuestra el acuerdo de principio suscrito en la Conferencia de Annápolis, el nacionalismo árabe representado en este caso por Abu Mazen, presidente de la Autoridad Nacional Palestina, está abierto a la negociación política con Israel y con Occidente en general, mientras que el yihadismo o islamismo en armas no tiene otra política que el choque irreductible, puesto que excluye todo lo que no sea la guerra entendida como la aplicación sistémica del terrorismo.
Con una base de partida así resulta más fácil advertir la importancia que tiene en todo este diseño el cuadro sobrevenido en Pakistán con el asesinato de Benazir Bhutto. El único Estado islámico en posesión de un arsenal nuclear puede convertirse —si no se rescatan allí mínimos de estabilidad que permitan la liberal circulación de las ideas, aun por poca que sea la corriente— en una suerte de asteroide gigante capaz de instalarse en órbita de colisión con la Tierra.
Como problema, el Pakistán trastocado con este magnicidio, fuera o no directamente ejecutado por alguien de Al Qaeda, rebasa, supera y lo deja muy atrás al que representa Irán como potencial poseedor de la bomba atómica. Con estos persas de ahora se puede hablar y no se detectan ayatolás dispuestos cambiar al mundo para que toda política se haga con las revelaciones del Profeta y en el nombre de éste. |