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La dignidad del Estado, el respeto a la Nación.

José Javaloyes 

Si el embajador de Marruecos en España está en Rabat porque le llamó su rey, por tiempo indefinido, como protesta por la visita de los Reyes de España a Ceuta y Melilla; protesta que supone una injerencia en las cuestiones internas de España - puesto que ambas ciudades son tan españolas como Barcelona y Madrid -, ¿por qué razón el presidente del Gobierno español envía un mensaje al sultán por medio del titular de Asuntos Exteriores?

No se entiende. La retirada del embajador marroquí supone tanto como la suspensión unilateral por parte jerifiana de las relaciones diplomáticas con España. Pero hay algo más a tener en cuenta. Rabat, en el momento más tenso de la crisis política entre los dos países, llegó a condicionar el fin de la misma al “diálogo” sobre Ceuta y Melilla, planteado como requisito indispensable. ¿Compensaría tal precio el que España se esforzara sin corresponderle para que la relación hispano-marroquí volviera a estar como estaba?

El presidente del Gobierno declaró en el contexto de la Cumbre Iberoamericana de Santiago de Chile que no está previsto introducir “temas nuevos” en el diálogo con Marruecos. Se infiere de tal declaración que no hay nada de que hablar entre Madrid y Rabat sobre Ceuta y Melilla, pero quizá resulte aventurado inferir, deducir, relacionar o colegir para lo mejor algo de lo que afirma el presidente Rodríguez en determinadas materias, especialmente en aquellas que resultan más comprometidas para la dignidad del Estado o para el debido respeto a la Nación. Sea el diálogo con el terrorismo etarra, sea entrar en la exigencia marroquí para que se ponga en cuestión la naturaleza española de nuestras dos ciudades norteafricanas.

Y es precisamente la probada carencia presidencial de sensibilidad para todo asunto mayor, lo que aporta base más que suficiente para que salte la alarma ante el mensaje que ahora ha enviado a Miramamolín. La alarma, la alerta y el recelo surgen, en el presente caso, de dos circunstancias.

Se refiere una al extremo principal de que la diplomacia española mueva pieza y acuda a Rabat, cuando ha sido Rabat quien ha puesto en suspenso las relaciones hispano-marroquíes con la retirada de su embajador en Madrid. Concierne la otra a cual pueda ser el contenido del mensaje de José Luís Rodríguez a Mohamed VI.

El fondo del asunto es que el agravio marroquí por la visita de los Reyes a Melilla carece de fundamento, mientras que lo tiene todo, sin embargo, el agravio que supone para España que el embajador marroquí fuera llamado a Rabat por su rey, y que siga allí todavía.

Eso de que “Marruecos y España están condenados a entenderse”, como decía Hassan II, el padre de Mohamed VI, puede aceptarse como verdad siempre que, previamente, el reconocimiento de ello sea compartido de forma leal y recíproca. Pero si España ha de admitir que se ponga en cuestión el derecho a su integridad territorial como base de su entendimiento con Marruecos, mejor será que se mantenga el no entendimiento y que se haga caso omiso de esa condena.

Mejor hubiera sido, por tanto, que se dejaran las cosas como estaban. Que al presidente Rodríguez no se le hubiera ocurrido mover ficha, cuando es lo más propio que la hubiera movido Mohamed VI.

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