Otra tragedia africana
Josep Borrell
En la noche de fin de año, Kenia se incendio. Ese país, que tanta esperanza había representado para el desarrollo de África desde su retorno histórico a la democracia en el 2002, ha vuelto ha revivir su trágico pasado de fraude electoral y terrible violencia tribal.
Cuando, a ultima hora, decidí no formar parte de la misión de observación electoral de la UE, nada hacia presagiar lo que iba a ocurrir. La campaña electoral se había desarrollado con normalidad y hasta el momento del recuento el proceso era casi ejemplar. Pero el informe de los observadores electorales europeos no deja dudas sobre un fraude electoral masivo y variado producido durante el recuento. La magnitud del fraude alcanza proporciones grotescas que harían palidecer de envidia a nuestro Romero Robledo; en algunos colegios electorales las cifras de votos se habían hinchado hasta 70.000 votos por encima del censo.
Hasta el propio Presidente de la Comisión electoral, que el día 30 proclamaba vencedor a Kibaki se retractaba días después reconociendo que el anuncio fue hecho bajo la presión del gobierno.
El anuncio de esa fraudulenta victoria produjo una oleada de violencia protagonizada inicialmente por los seguidores del candidato opositor R. Odinga y seguida por una brutal represión policial. Machetes por un lado y uso indiscriminado de armas de fuego por la policía llenaron las morgues de cadáveres. La violencia política tomo enseguida una dimensión étnica, con episodios terribles como las 35 personas quemadas vivas en el interior de la iglesia de Eldoret donde se habían refugiado, y con decenas de miles de desplazados sumidos en el desamparo.
Todos hemos podido ver las imágenes de esa onda de violencia que ha sacudido el que hasta el fin de año era el país modelo de África del Este. Hoy parece haberse instalado una relativa calma pero la decisión del Presidente saliente Kibaki de formar un gobierno monocolor como si nada hubiese ocurrido no presagia nada bueno y genera una situación de hechos consumados que la comunidad internacional no debe aceptar.
La dimensión étnica que tomo la violenta protesta contra el fraude puede dar la equivocada impresión de que se trata de un nuevo rescoldo de los viejos conflictos tribales que han ensangrentado la historia africana después de la descolonización. El voto a Odinga, miembro de un grupo minoritario, ha transcendido las diferencias tribales y, aunque lo ocurrido ha reabierto heridas de conflictos pasados, el tribalismo no es la causa mayor de lo ocurrido en Kenia. Mucho menos que la extrema pobreza, la corrupción endémica y las tremendas desigualdades que producen pillajes cuando la alteración del orden lo permite.
Una vez más constatamos que el crecimiento por si solo no reduce la pobreza. En Kenia la prosperidad no se distribuye y ello alimenta la frustración. Kenia presumía de un PIB creciendo al 6,5 % pero mantiene a más de la mitad de sus habitantes con menos de 2 dólares/día. Mientras su clase dirigente disfruta de las mejores condiciones de vida del continente, la mayoría de la población no se ha beneficiado del crecimiento económico. Kenia no es solo el paraíso turístico de safaris y masais, las condiciones de vida en los suburbios de Nairobi son terribles.
Kenia había reconstruido pacientemente, durante 20 años, un sistema democrático. Y una parte de los electores, especialmente los mas pobres, habían puesto grandes esperanzas en esas elecciones creyendo que del fondo de las urnas saldría un país mejor. Ha sido la frustración frente al fraude lo que ha encendido la hoguera y no la estereotipada violencia tribal con la que los europeos tendemos a interpretar todos los conflictos africanos.
Pero también es cierto que el mapa de las violencias del fin de año reproduce el de los conflictos étnicos producidos, aunque más bien habría que decir organizados, durante las elecciones de 1992 y 1997. Entonces las bandas del autócrata Presidente Moi persiguieron sistemáticamente a la población de origen kikuyu, la etnia a la que pertenece Kibaki (la tribu a la que quería proteger la heroína de Memorias de África cuando deja el país, lo recuerdan?). Hubo entonces miles de victimas y se crearon resentimientos que ahora han revivido aunque el conflicto obedezca a otras causas.
Pero cualesquiera que estas sean, lo ocurrido es una mala noticia para toda el África del Este civil y la desintegración de Kenia seria una catástrofe para la región. La salida de la crisis se presenta incierta y difícil y la posibilidad de una guerra civil conduciría al país por la senda de lo ocurrido en la Costa de Marfil que era también el país modelo del África Occidental.
Allí también, en un país estable y prospero, se empezó debilitando las reglas del juego democrático y se acabo con un golpe de Estado y una serie de rebeliones que le han precipitado en una espiral de violencia y regresión económica de la que quizás salga en las elecciones que deben celebrarse este año.
Por ello, un retorno a la “normalidad” pagado al precio de aceptar la fraudulenta “victoria” de Kibaki no es una solución que la comunidad internacional, y en particular la UE, puedan aceptar. En demasiados países africanos las elecciones trucadas han quitado a los ciudadanos toda fe y esperanza en el sistema democrático.
La solución solo puede venir de una fuerte presión exterior. La UE debe decir claramente a Kibaki que su gobierno es ilegal y actuar en consecuencia. Anular las elecciones, instituir un gobierno de unidad nacional y celebrarlas de nuevo. De lo contrario nuestras misiones de observación electoral no tendrían mucho sentido. |