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Energías, la nueva estrategia.

José Javaloyes 

El uso político de las energías en el plano de las relaciones internacionales es dato relativamente novedoso, aunque va a más. A unas u otras escalas se viene reiterando en distintos escenarios, tanto de manera individual por parte de algún país de tipo medio, como podía ser el caso de la Venezuela de Chávez, como de forma colectiva: desde un plano regional, como sería el caso de los exportadores árabes de petróleo (OPAEP) dentro de la OPEP, o desde un esquema pluricontinental, como ocurre en este cártel del crudo, en el que participan con Estados asiáticos, otros africanos y suramericanos.

Esa integración vertical de los países exportadores de petróleo procede históricamente de los tiempos de la Guerra Fría, en los que cuajó políticamente el movimiento de los No Alineados y, económicamente, la concertación en la OPEP de los principales países exportadores de oro negro. Posteriormente al tiempo aquel, que se prolongó hasta la desaparición de la URSS, la lectura política de los ejercicios de fuerza en el plano de los mercados mundiales, por causa de las disponibilidades energéticas, tiene su origen en la continuada expansión de las áreas industrializadas, es decir, en el ascenso global de los consumos de energía. Los casos de China y la India ejemplifican con enorme contundencia la relevancia de este proceso, no sólo en lo económico por su incidencia crítica en la demanda planetaria de hidrocarburos, sino también en lo político.

El papel que desempeña en estos momentos la Rusia de Vladimir Putin es enfáticamente representativo de esta cuestión. Si, por una parte, presiona con el gas sobre Estados que antaño estuvieron integrados en la URSS, o concernidos como satélites de ésta, ocurre de otro punto que con los enormes ingresos que deparan los actuales precios de la cesta energética, la Rusia de Putin deja atrás la depresión económica en que estaba sumida la Unión Soviética en el momento en que desapareció. Y ello, sabido es, le permite recuperar influencia y reiterar exhibiciones de músculo militar, con la reanudación de los vuelos estratégicos y los despliegues navales de antaño. También, pasa el Kremlin de ahora mismo, y el que le siga con Medvedev como huésped durante cuatro años, al cabo de los cuales, con Putin como primer ministro suyo, éste regresará a la jefatura del Estado.

Uno y otro, Putin y Medvedev —éste en su condición de presidente del monopolio ruso del gas, Gazprom—, visitaban ayer Sofía para concertar con Bulgaria su participación en el proyecto del “gasoducto del sur”, tendido de 900 kilómetros participado minoritariamente por NIS, el monopolio serbio a cuya compra aspira el ruso por vía político-económica poco convincente para Belgrado. En ninguno de los dos casos las cosas están claras. Si a Belgrado no le basta el apoyo ruso contra el separatismo de los kosovares, a Sofía llegan las inquietudes de la UE por el efecto tenaza que ese gasoducto tendría contra la diversificación de los suministros energéticos necesitados por Europa. Tampoco podría bastarle a Moscú la histórica condición de Bulgaria de “peón de los zares” con que se le reconocía. Ya con los búlgaros en la UE, mediando Bruselas, las cosas son casi necesariamente distintas.

Putin apuesta a que el Gasoducto del Sur complete el trazado tenaza del camino del gas de Turkmenistán, Uzbekistán y Kazajistán pasando por el espacio ruso. Se trata de un proyecto que compite con otro europeo, con más de 3.000 kilómetros de tendido, apoyado por la UE y en el que participan Austria, Hungría y Rumania, destinado a enlazar hasta Turquía, desde Irán y Azerbaiyán, pasando por Georgia.

Como se ve, la partida que internacionalmente se juega ahora es una rara mixtura de ajedrez y naipes, con los gasoductos y oleoductos como alfiles, y las reservas de hidrocarburos como cartas. Lo que se está disputando en el tapete/tablero es el dominio del espacio central. Rusia envida y hace jaque a la peligrosa dependencia energética de Europa.

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