Una peligrosa aventura
José Javaloyes
A la proclamación parlamentaria en Pristina de la independencia de Kosovo, en la tarde de ayer, seguirá, probablemente hoy o mañana, la declaración parlamentaria en Belgrado de la nulidad de esa medida. El proceso de la final desmembración, del cumplido remate de la liquidación de un Estado —el yugoslavo— históricamente inviable, abre ventanas al secesionismo y lo alienta en casos de otros Estados, consolidados, y de naciones históricamente fundadoras de Europa. De esa misma Europa que de la mano del impulso estadounidense auspicia el presente desenlace en lo que fue el mecano de Yugoslavia.
Artificio montado con las piezas sobrantes del desmantelamiento del Imperio Austrohúngaro y del Imperio Otomano. Algo que fue iniciado con una monarquía, seguido de una dictadura comunista y concluido con una guerra genocida.
La gran pieza serbia, el núcleo duro del invento aquel en que se empeñaron los vencedores de la Primera Guerra Mundial —tan torpemente liquidada que 21 años después llegó la Segunda Guerra Mundial—, tiene el apoyo expreso y enfático de la Rusia de Putin. Una Rusia que ha pedido la reunión urgente del Consejo de Seguridad, ahora se encuentra psicológicamente restablecida del cambio de régimen y del tiempo confuso de Boris Yeltsin, y que actualmente amenaza, por el creador de la nueva autocracia, con avivar la desestabilización de Georgia, dándole aire y apoyo al secesionismo de los osetios. A lo que seguiría, probablemente, el bloqueo del paso georgiano a las conducciones de gas y petróleo que habría de enlazar los yacimientos del Caspio y el Mediterráneo, a través de Turquía.
Muy cargada de presupuesto, de costes muy elevados, se presume también la cosa del Kosovo por la otra vertiente (la occidental) de la secesión que concita. Especialmente, en los nacional-cantonalismos españoles por Cataluña y Vascongadas. La complicidad objetiva de la política estatutaria del actual PSO —que, desertando de los consensos constitucionales y de la Transición, abandonó asimismo la “E” de español—, explica por sí sola la ausencia de la nefasta diplomacia moratina en la gestación del endoso europeo a la constante diplomática norteamericana de apoyo a los nacionalismos.
La acción por omisión de la política (¿) exterior a lo largo de los últimos cuatro años parece haber venido a encontrar, en esta ardiente patata internacional del Kosovo, una suerte de motor fuera borda. Impulso añadido para cuanto ha sido este quehacer de José Luis Rodríguez en favor de los regional-cantonalismos, con una política de formato confederal y último propósito separatista en los favorecidos. Si ya la armaron en su día los nuevos cantonalistas de aquí con la recuperación de su independencia por parte de Estonia y Lituania, o con la segregación de Croacia y de Eslovenia, ¿qué no cabrá esperar de este último episodio balcánico de Kosovo?
Por más que se trate de un Estado sin cresta soberana, definido —como un protectorado— por la línea de donde sale aunque no por la raya a donde llega, Kosovo es ya un monumento a la incoherencia de la propia ONU, que no se ha opuesto a la secesión kosovar luego de haberlas prohibido todas por vía de una Resolución del Consejo de Seguridad, la 1244 —tras de la intervención de la OTAN en Yugoslavia, el año 1999—, que en Pristina interpretan de una manera y en Belgrado, lógicamente, de la contraria. |