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Más allá de lo inimaginable

Josep Borrell 

“Esto va mas allá de lo que nunca hubiera podido imaginar...”. Así ha calificado la canciller alemana Angela Merkel el escándalo fiscal que desde el viernes pasado sacude a los medios financieros y políticos alemanes y ha sembrado el pánico en el sistema bancario de Liechtenstein.

No es para menos. De momento, el presidente de Deutsche Post, los Correos alemanes, ha tenido que dimitir, después de que la policía registrara su domicilio, acusado de haber evadido 1 millón de euros de impuestos. Pero las autoridades alemanas disponen de información sobre centenares de otros defraudadores que habrían ocultado sus rentas y patrimonios a través de fundaciones domiciliadas en ese país de opereta, situado entre Suiza y Austria, que ofrece maravillosas vistas sobre los Alpes y la absoluta discreción de sus bancos.

En uno de ellos, el LGT-Treuhand, propiedad de la familia de los príncipes que gobiernan el minúsculo país, se concentra la mayor parte de la evasión fiscal denunciada por las autoridades alemanas. Lo que vaya a ocurrir puede provocar la caída de todo un sistema financiero, basado en el mantenimiento del secreto bancario, que genera el 30% del PIB de sus 35.000 habitantes.

El Principado de Liechtenstein está calificado de “paraíso fiscal no cooperativo” por la OCDE y hace tiempo que la Hacienda Pública alemana trataba de atravesar ese secreto consciente de que por allí transitaba una parte muy importante del fraude fiscal.

Esta vez parece que lo ha conseguido, gracias a un informador, presumiblemente un empleado del Banco en cuestión, que ha vendido, por la módica cantidad de 5 millones de euros, un CD-Rom con información relativa a 600 de sus clientes y unos 4.000 millones de euros de patrimonios ocultos.

No es la primera vez que ocurre una cosa así. En el 2003 otro Banco evitó, pagando más que el fisco, que éste conociera una lista de sus clientes potenciales defraudadores que estaba en poder de un antiguo empleado.

Pero esta vez, el propio presidente de los bancos de Liechtenstein califica la fuga de información de “erupción volcánica” que puede destruir la credibilidad de la plataforma financiera del país, considerada como una de las que mejor garantías de opacidad ofrecía a sus clientes.

Pero más que eso, que a fin de cuentas sería una buena noticia, lo “inimaginable” está produciendo una crisis de confianza en la opinión pública alemana en vísperas de importantes elecciones regionales como la de Hamburgo el próximo domingo. El ministro alemán de Hacienda denuncia el comportamiento asocial de las élites, ese nuevo “amorales”, que provocan el hundimiento del sistema y la confianza de los ciudadanos en el orden social.

Que un demócrata cristiano como el ministro del Interior, W. Schauble, tenga que decir que la economía social de mercado está hoy menos amenazada por los sindicatos que por el comportamiento de las élites económicas, dice mucho del estado de ánimo de un país que discute de los salarios abusivos de los dirigentes empresariales, del establecimiento de un salario mínimo y de las deslocalizaciones de empresas rentables, pero que buscan menores costes laborales.

La traición de las élites duele más porque han estado defendiendo la moderación salarial y la necesidad de reformas dolorosas del sistema de protección social mientras practicaban el fraude fiscal a gran escala.

Con los datos de los que dispone, la Fiscalía alemana puede empezar a verificar la situación fiscal de centenares de presuntos ricos defraudadores. Éstos pueden, para escapar a sanciones penales, declarar voluntariamente su situación y pagar su deuda, con los correspondientes recargos, antes de que sean citados por la inspección de Hacienda, el mismo sistema de las declaraciones “complementarias” que existe en España.

Quizás ahora que saben que Hacienda sabe, correrán a hacerlo para evitar males mayores, pero cuando Schroeder aplicó una especie de amnistía fiscal en el 2005 para intentar llenar un poco las escuálidas arcas públicas, sólo afloró la cuarta parte de los 5.000 millones de euros que esperaba con una medida que fue tan controvertida como inútil.

El caso de la fuga de información fiscal de un Banco que produce un terremoto político en Alemania sigue de poco al no menos rocambolesco del empleado del Banco francés Société Générale que invirtió 50.000 millones de euros (¡sí, 50.000 millones!) en ese gran casino en el que se han convertido los mercados financieros mundiales, al margen de todos los controles y sin que aparentemente nadie se enterara hasta que explotó una pérdida de 5.000 millones de euros.

Ésta es una cifra equivalente a toda la ayuda oficial al desarrollo que da el mundo rico a los países pobres y menos de la mitad de lo que costaría eliminar el analfabetismo en América Latina.

¿Pero cómo es esto posible?, se pregunta uno. A pesar de que el Pdg de Société Générale se esfuerce en convencernos de que su Banco no se dedica a especular y el Príncipe de Liechtenstein ponga cara de no saber la situación fiscal de sus clientes, estos dos casos deberían hacernos plantear seriamente a qué se dedica y a quién sirve el sistema financiero mundial.

Por lo visto a cosas inimaginables, dignas de la mejor novela de ficción pero desgraciadamente bien reales y que sólo una sana reacción política puede intentar resolver.

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